Y voló

Erika Blánquez

Eran las once de la mañana de un sábado cualquiera. Joseba había quedado con su colega Richi para hacerse con unas hierbas psicotrópicas que asegurarían unas buenas risas esa noche. 

 

―¡Tío, qué figurín!  ―se reía Richi―. ¡Un pedo, y revientas el pantalón! 

 

―Cállate ―contestó Joseba, chulesco. 

El joven se dedicaba a arreglar calderas de particulares. Era autónomo y curraba a destajo para pulirse todo el dinero en el fin de semana. En eso y en ropa: le encantaba ir bien preto. Llevaba sus  pantalones pitillo incluso para trabajar, a juego con su camiseta ombliguera.

 

Joseba se agachó para atarse los cordones, y el móvil se le cayó del bolsillo del pantalón. 

 

―Ja, ja, ja, ¡tío, ten cuidado, que pierdes todo!, ¡y encima vas enseñando la hucha! 

 

Esa misma mañana, con el móvil y con su premio para el fin de semana en los bolsillos, Joseba había ido a arreglar la caldera de Carmen, una antigua clienta. 

 

Ahora eran las tres de la tarde, y se veía obligado a volver a casa de Carmen. 

«Malditas las ganas que tengo de volver aquí. Mira que soy zoquete. ¿Cómo se me ocurre perderlo?», murmuró Joseba, mientras se cruzaba con unas vecinas que charlaban de forma animada con la portera de la comunidad de Carmen. 

 

―¡Qué escándalo! ―decía una. 

 

―Ya sabes que yo no soy de criticar, pero  ya hace tiempo que esa mujer me parecía un poco… ya sabes… una fresca, vamos ―apostilló la portera.

 

Joseba las miró extrañado. Esta misma mañana, durante su servicio, todo había sido muy normal. Recuerda cómo había visto a Carmen en la cocina limpiando la despensa. Sus críos, insoportables, estaban saltando encima del sofá, con la boca y con los dedos naranja de atiborrarse a  riskettos. Otro estaba recitando las capitales de España en un rincón.

 

En efecto, Carmen vivía en la jungla. Trabajaba como reponedora en un supermercado y completaba su salario ayudando en el bar de su padre. Su marido se había marchado hacía tiempo, cuando al menor de sus tres hijos le habían diagnosticado ásperger. 

 

Ese mismo día, Carmen había estado haciendo limpieza general y en ese momento se había puesto a preparar la comida tras la visita del chico guapo de la caldera. 

 

Los niños no paraban de gritar, y ella se encontraba ante una pila infinita de sartenes  y cacharros sin fregar. Batió cuatro huevos y, al agacharse para sacar la sartén guardada en el horno, se fijó en un paquetito en el suelo. 

 

«¿Y esto qué es?—se preguntó—. Estaría en la despensa, de cuando me dio por la dieta depurativa. Se habrá caído al sacar las conservas… Qué bien huele, como a tomillo. Pues me merezco un descanso, un momento para mí».

 

Carmen abrió el paquete y se preparó una buena infusión. 

 

Después sacó la sartén del horno. «Joer, Carmen, ¿cómo se te ocurre dejar esto con los tropezones de freír las croquetas?» se dijo. Filtró el aceite con un colador, lo guardó en el tarro del aceite y empezó a frotar fuerte la sartén con el estropajo. El flequillo le molestaba. Resopló hacia arriba y se retiró el pelo con la manga del jersey. 

 

Se quedó mirando la espuma marrón sobre la sartén, y le vino a la mente  la playa que hacía tanto que no visitaba. La mezcla del olor a Fairy y a grasa croquetil se convirtió de repente en olor a pescado fresco y salitre. Seguía frotando la sartén, cuando sintió que sus dedos se  alargaban y observó cómo se teñían de color  alabastro: blancos, brillantes, pulidos. 

 

Carmen, en una nube, muy confusa, pensó: 

 

«Ah, esto debe de ser como lo de la lámpara de Aladín…», y siguió dándole al estropajo, todavía con  más fuerza. 

 

«Estoy entrando en un portal mágico», pensó ensimismada,  mientras notaba cómo sus brazos se volvían cada vez más ligeros. Notó un cosquilleo en la nuca. Soltó el estropajo y, al llevar sus suaves manos al cuello, palpó un sarpullido de pequeñas plumas que crecían a gran velocidad. Su nariz se endureció,  y sus fosas nasales se alargaron en forma de pico. 

 

Se sentía libre, como un pájaro, como una gaviota. Una gaviota ágil y esbelta. Se quitó el delantal y su ropa desgastada, pues entonces su cuerpo estaba  cubierto  de elegantes plumas blancas. Salió a la terraza, abrió las alas y, sintiendo el sol del mediterráneo, echó a volar. 

 

***

Después de haber oído a las vecinas marujear, Joseba llamó a la puerta de Carmen. Abrió un policía. 

 

―¿Conocía usted a Carmen? Tenemos que hablar…