El circo cae de rodillas cuando la gran carpa se desmorona; los operarios la recogen antes de que se moje del todo. Llueve y tú estás tan lejos que ni tan siquiera creo que haya nadie a tu alrededor. Así de lejos estás.
Llueve y necesito un impermeable. Necesito una llamada telefónica. Y el teléfono suena. Pero yo sigo mirando afuera. Necesito un gran amor, pero no voy a descolgar el teléfono, porque no tengo nada que decir. Porque si no quiero hablar de ello, entonces es que no es amor. Quizás lo nuestro nunca fue amor y tengo que aprender a vivir con eso. Necesito una llamada. El teléfono sigue sonando.
Llueve y necesito un impermeable. No tengo las respuestas; además, hay cosas que ya no recuerdo, pero también cosas que no consigo olvidar. Tres mil kilómetros de distancia y te echo tanto de menos que solo necesito un billete de avión o que el mundo sea más pequeño.
Llueve y necesito un impermeable. El teléfono aún suena. Mis amigos me avisaron: ella es todo o nada. Y al principio eso no me preocupaba. Pero luego empezaste a decir: “Estás cambiando”. Y yo no sabía qué responder porque todos siempre estamos cambiando. Intenté decirte a ti las mismas cosas que me decía a mí mismo. Pero no te convencieron, porque a mí tampoco me convencían. En el fondo solo hablaba mucho para hacerte olvidar el resto.
Llueve y necesito un impermeable. La carpa del circo ya está prácticamente recogida. Y el teléfono continúa sonando y temblando igual que lo hacías tú cada vez que yo te tocaba. Y yo no podía dejar de tocarte. Y al final decías: Tengo que pensar en las consecuencias, porque estos segundos de temblor me dejan estremecida y confundida durante días. Y ante esas palabras que sonaban a reproche, yo intentaba no romperme. Pero no estaba preparado para ese tipo de cosas. Y me repetía a mí mismo que mientras fuese amor… pero no era tan fácil. Porque nunca estuve seguro de que fuese amor. Y más de una vez pensé en cortarte las alas y fijarte con alfileres en mi colección de mariposas. Pero yo no soy así. Al contrario, por eso te dije que te fueses. Mi desazón cae de rodillas como la carpa del circo y me toca recoger los pedazos antes de que se empapen y sea imposible levantarlos del suelo.
Llueve y necesito un impermeable. El teléfono deja de sonar. Y yo sigo mirando fuera, por no mirar adentro. Pero no estoy preocupado, no demasiado. Realmente necesito un impermeable.






