Mario observó la esquela que había recortado el día anterior. «Ricardo Chamorro Mejía», leyó. La dobló y la metió en el bolsillo de su chaqueta. Frente al tanatorio, familiares y amigos conversaban con los semblantes serios. «Al menos, se fue tranquilo. Los médicos dicen que no sufrió», dijo uno. «Mejor así», respondió otro. «Siempre se van los mejores», continuó uno. «Pues sí. Se libró de tantas, pero mira, al final…», concluyó otro.
«Se libró de tantas…»; de pie, con las manos en los bolsillos, Mario sintió cómo aquellas palabras resquebrajaban las paredes de sus recuerdos; tan remotos ya, que hasta él dudaba de que alguna vez hubieran ocurrido.
No sabía cuántos años habían pasado, pero todavía podía escuchar las ráfagas de lluvia azotar los cristales mientras el aire se colaba por las rendijas de puertas y de ventanas, como un aliento maldito dispuesto a arrancar el alma a todo el que se interpusiera a su paso. El cazo de madera con el que su madre daba vueltas al puchero cayó al suelo cuando se oyeron los aldabazos. Sin hacer caso al quejido ahogado de la mujer, su padre se levantó de la escandilla, se sacudió los pantalones y abrió la puerta.
Capas empapadas, espuelas metálicas, bustos de muerte…
―Mario, pon a resguardo a los animales que han traído a estos señores.
―Sí padre ―obedeció el crio.
Nada más salir, una racha de agua helada traspasó su ropa. Apretó las mandíbulas y metió a los caballos en el corral que había detrás de la casa. Eran enormes y, con la cabeza gacha, parecían entender que allí dentro les iría mejor. Después de darles de beber, y echarles un poco de paja, regresó por una puerta interior para evitar el aguacero.
En la cocina no había ni rastro de su madre. Resguardado tras un armario donde no podían verlo, Mario distinguió a su padre con tres hombres más: los de uniforme que habían llegado a caballo, y un tercero vestido de negro al que solo veía su espalda.
―¿Estamos seguros de que es Ricardo Chamorro Mejía? —preguntó con autoridad uno de los de uniforme.
―Segurísimo —se apresuró a contestar el de negro―. Tiene a la madre enferma. Lleva moribunda más de una semana. Era cuestión de tiempo que apareciera por aquí.
Su padre no decía nada, pero Mario veía cómo asentía con la mirada más oscura que la noche que los rodeaba. El chico sabía de quién hablaban. Conocía a Ricardo, era unos años mayor que él y, antes de la guerra, había intentado ser novio de la hermana mayor de Mario, pero su padre nunca había aprobado la relación. Decía que los Chamorro eran unos muertos de hambre, y que qué le iba a ofrecer ese desarrapado a su hija.
A él, Ricardo le caía bien. Siempre estaba de broma y era el mejor haciendo los cepos para los conejos. Un día, después de defenderlo en una pelea, Ricardo le había dicho riendo que algún día serían cuñados, y que las familias tenían que ayudarse.
—Sabemos que está en casa ―continuó el de negro—. Son varios los que lo han visto fumando en la puerta del huerto que tienen tras la casa.
—Bien ―dijo el de uniforme al tiempo que cogía su fusil—, vamos a dar a ese cabrón su merecido.
La llegada de un joven sacó a Mario de sus pensamientos. «El nieto de Ricardo —murmuró una mujer—, es igualito que él».
Mario examinó los bucles morenos, la espalda ancha, la expresión cálida que llenaba su rostro y, efectivamente, vio en él a Ricardo, el muchacho divertido y locuaz con el que había pasado parte de su infancia.
Ricardo no había llegado a casarse con su hermana. Decían que se había escapado a Suiza, y que allí había hecho fortuna. Mario no había vuelto a saber de él desde aquella noche en la que, llevado por una locura febril, había recorrido las calles anegadas hasta la casa de los padres del joven, y le había advertido de que lo iban a matar.
Todavía recordaba la mano de Ricardo sobre su hombro, su aspecto amable, mientras una sonrisa familiar le decía que no volverían a verse.






