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Cancelación | Ana Patricia Martínez

En la cama a medio hacer se encuentra la maleta ya cerrada. Fueron meses de preparativos y, por fin, todo está listo. Boletos, el departamento rentado, el trabajo remoto perfecto y todo para seguir a María. Un café frío y sin terminar yace tan lánguido como el cuerpo del treintañero. El timbre del celular no para de sonar.

Hasta ayer el futuro le parecía claro y muy prometedor. Una vida nueva en otro país para ayudar a su pareja. Aquí entra la fatalidad, la constante en la vida de Juan Carlos, el destino que siempre le ha jugado bromas no pudo hacer una excepción ni siquiera esta vez.

Fue hace unas horas cuando al sentarse a tomar un café en un centro comercial escuchó, sin querer, la conversación de dos jóvenes. La curiosidad hizo lo suyo y se dispuso a conocer la historia de la que hablaban. Ellas se referían a una amiga que se jactaba de haber encontrado al idiota perfecto. Un chavo con buena posición y un trabajo que le permitía ser libre y, lo más importante, que estaba loco por ella. Tanto que ella presumía de que él no era capaz de negarle nada. Ellas comentaban que todo se debía a su cuerpo voluptuoso y su excelente capacidad para fingir. Se burlaban del pobre tonto que le pondría un departamento en Milán y le pagaría la carrera de diseño de modas. Aquí Juan Carlos comenzó a identificarse, ya no era divertido, parecían describir su relación. Claro que desde un punto de vista muy diferente al suyo. Enrojeció sintiéndose avergonzado y enojado a la vez. Las chicas ni lo notaron y continuaron platicando de las veces que María le había sacado regalos caros a Juan Carlos. Sí, era él, ya no había duda.

Y lo que siguió fue peor, se enteró de las infidelidades de la coqueta amiga. Decían mofándose que tenía a uno para los gastos y otros para los gustos. También de lo mal que se expresaba de él ante sus amigas. Y con lágrimas detenidas, de esas que los hombres no derraman pero que son cataratas contenidas, se dirigió a su departamento.

Ahí pasó la noche dejando sonar el teléfono, sin atreverse a confrontar a María. Ring, ring, ring. Prefirió hacerse el desaparecido y disfrutar pensando en la desesperación de la aprovechada viendo cómo pasaba el tiempo y sufriendo por perder el vuelo. El vuelo, la estancia, sus estudios y todo lo demás. Jamás sabría el porqué de su cambio de actitud. Ring, ring, ring, continuaba el sonido, él disfrutaba, hasta cierto punto y dentro de su dolor y decepción, de el saber que no llevaría a cabo sus planes a costa de él. De pronto, el sonido del teléfono se convirtió en el timbre de la puerta unido a una voz femenina gritando su nombre pero, Juan Carlos, no respondió.

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