Mi padre nunca hablaba, dictaba, lo imaginaba como un Hitler. Nunca preguntaba: corregía, exigía. Crecí aprendiendo que en casa el aire tenía dueño, y ese dueño no era yo. Sus pasos anunciaban su llegada, la imponían, y cuando estaba, todo se tensaba; Las puertas, la mesa, mi espalda, mi mente.
Me hice experta en encogerme, en dejar de estorbar, en decir sí antes de que terminara la frase, fuera cual fuera.
Recuerdo el día que terminé la preparatoria, él ya tenía decidido que iba a hacer con mi vida, lo dijo sin mirarme, como si yo fuera una extensión lógica de sus planes.
Asentí.
Esa misma noche, con mis ahorros, compré un boleto a Europa, sin avisar, no pedí permiso, mi alma gritaba que huyera. Viví con unos tíos que me trataron como una visita larga, aprendí a caminar calles donde nadie sabía quién era mi padre.
Aún así, me descubrí respondiendo, discutiendo con su voz que no podía evadir, fallando según sus reglas.
Nunca se fue, sólo cambió de lugar. Cuando me llamaron para decirme que había muerto, pensé, por un segundo, que era otra forma suya de controlarme, un último gesto desproporcionado.
Accidente en moto, instantáneo, definitivo.
No llegué al funeral, no quise, no pude. Regresé semanas después, cuando ya no había nada que hacer. La casa seguía en pie, pero sin él parecía más pequeña. Menos peligrosa.
O eso creí.
Mi baúl estaba al fondo del ropero, siempre estuvo ahí, nunca me acerqué, hasta entonces. Lo abrí sin ceremonia, la madera se quejó, intentaba advertirme algo inimaginable. Dentro había cartas, muchas cartas, todas con mi nombre.
Abrí una.
“Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy”
Claro, pensé, tenías que asegurarte de eso también. Seguí leyendo con los dientes apretados. Pero algo no encajaba.
Las frases se detenían, dudaban, había tachaduras, vacíos. No era su voz, o era una que nunca me mostró.
Pasé a la siguiente, y a la otra, hasta que lo entendí. Nunca lo escribió como una confesión, lo escondió entre recuerdos como si así pesara menos. ¡No soy tu padre biológico! me reí, no por incredulidad, por cansancio. Toda una vida intentando escapar de él… Ahora resulta que ni siquiera me pertenecía.
Seguí leyendo, quería saber ¿quién era entonces?, ¿de quién venía?, ¿que parte de mí no era suya?
Sin ningún nombre.
No había historia.
Sólo frases sueltas, escritas al final de otra carta, casi como por error
– Nunca quise que supieras la verdad completa.
-Me quedé quieta, con todas sus palabras abiertas frente a mí, y ninguna respuesta.
Entonces entendí, incluso muerto seguía haciendo lo mismo, marcando límites, dejándome a medias. Cerré las cartas, cerré el baúl, por primera vez no sentí que estaba huyendo de él. Sentí algo peor.
Nunca iba poder salir de donde me dejó.







