Cuando agarra el pomo, echa todo el aire que estaba sujetando en los pulmones de forma inconsciente. Abre la puerta, pero se queda en el umbral, observando la estancia: la cama doble con un edredón floral y una manta marrón doblada encima; dos mesitas de noche idénticas a los lados; la vieja mecedora junto a la ventana, mirando al exterior; la cajonera de madera de roble a juego con el armario y el cabezal de la cama. Todo está exactamente igual, detenido en el tiempo.
Entra despacio, con una caja en una mano y una bolsa de basura en la otra y se dirige al lado derecho de la cama. Se sienta, con cuidado, como si no quisiera deshacerla.
Encima de la mesita hay una foto en blanco y negro de sus padres, jóvenes, el día de su boda. Los dos sonríen a la cámara, mientras comparten un trozo de tarta. La coge entre las manos y la deposita con delicadeza en la caja. Cerca de la lámpara sigue el vaso de agua a medio beber. Las motas de polvo se aprecian en la superficie. El reloj-despertador analógico, que también descansa sobre la mesita, aún funciona, pero debe de tener al menos cuarenta años. Los números están desgastados y la esfera está amarillenta. Lo coge y lo tira a la bolsa de basura, quizás con más fuerza de la intencionada. El digital que le habían comprado hace años lo han encontrado en su caja, sin abrir, en un armario del salón.
Tira del primer cajón, que chirría y se atasca ligeramente en varios puntos. Lo primero que aparece es un paquete de pilas nuevo. Caja. Un pañuelo de tela, doblado. Bolsa. Un mechero que no funciona, unos blísteres de pastillas, un viejo calendario de bolsillo. Lo lanza todo a la bolsa. Estos objetos parecían estar enterrando una carpeta azul de documentos. La saca despacio, como si fuera frágil. El color está desgastado por los años, el cartón está aterciopelado y las gomas cedidas. La abre y empieza a sacar papeles: seguros de coche caducados; informes médicos, algunos recientes, otros más antiguos; esquelas recortadas de periódicos, muchas. Reconoce nombres y caras de amigos de sus padres, de familiares. Una especialmente desgastada muestra la foto de una mujer sonriendo, mayor pero llena de vitalidad. Los dedos acarician la esquela con suavidad. La carpeta también contiene unas cuantas fotos antiguas, casi todas de familia, con sus abuelos, sus primos, sus padres cuando eran pequeños. Hay algunas cartas también, reconoce la letra de su madre. Están un poco rotas y la tinta se ha borrado en algunas partes, dejando frases a medias. La nitidez de algunas palabras, por el contrario, parece subrayarlas. Cierra la carpeta de golpe y la coloca encima de la cama, casi pegada a su cuerpo.
Un reloj de pulsera aparece al fondo. Las correas son de cuero marrón y la esfera es de color ocre. Las agujas se quedaron paradas sobre el XI y el V. Le da la vuelta y lee la inscripción de atrás, en silencio: Para el hombre que me sacó a bailar. Nuestra música sigue sonando. M. Lo gira de nuevo y se lo coloca sobre la muñeca. Le da cuerda y comprueba que funciona. Aunque le queda un poco grande, no se lo quita.
Saca el cajón del todo. Parece vacío, pero hay algo atascado al fondo. Tira con dificultad hasta que cede. Sujeta en la mano un billete de tren, doblado. Aún se puede leer la fecha y el destino, a pesar de que tiene más de veinte años. La mano le tiembla ligeramente mientras lo dobla de nuevo y lo coloca dentro de la carpeta azul. Recoge la bolsa de basura del suelo y observa su interior. Mete la mano y saca un objeto, que deposita con cariño en la caja. Las campanas metálicas tiemblan al contacto con el cartón.







