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Chocolate y escorias | LeMo

—Ponme un chocolate bien caliente, Antonio, por favor —murmura Lola, mientras refugia su voz en el calor de su propio aliento.

¡¿Anda tú con frío, mi niñññaa?!, siéntate en tu esquinita favorita, que te lo llevo. Tengo lo mejó para acompañar a ese chocolate, ¿te apetecen unos churros de Tejeringo? Están que te quitan el sentío.

—¡Amos, anda! Oye, parece como si hubiera aparcado un bus, del colegio, lleno de alemanes, no muy lejos de aquí; si vienen y no les entiendes, ya sabes que te puedo servir de intérprete.

—No te preocupes mi arma, que el Antonio habla muu bien el inglis.

A veces hablan inglés, pero otras no, Toñito —contesta Lola mientras enciende su ordenador—. Voy a escuchar música, para concentrarme mejor. Últimamente, tengo a las musas en huelga. Pero lo dicho.

 

La cafetería de Antonio se encuentra en una calle en la que o sabes dónde está o, simplemente, la encuentras porque te has perdido. De cualquier manera, a partir de las once de la mañana, se llena irremediablemente, y hoy más que nunca. Lola está en lo cierto: un autobús con alemanes no se encuentra lejos. Entran dos hombres de semblante teutón; sus cabezas rozan el dintel de la puerta. Van vestidos con uniforme de camisa beige y con pantalones marrones; Lola los mira, y piensa que se parecen a los policías estatales de California. No puede evitar salirse de su página blanca y los observa con interés detectivesco, pero disimulado.

A pesar del gentío, los dos individuos consiguen acercarse hacia la mesa vacía justo al lado suyo; con un gesto disimulado, y con la curiosidad punzante, apaga sus auriculares. Uno se sienta compartiendo la banqueta; solo puede mirarlo de reojo, pero aprovecha que el otro está en su campo de visión y, con una sonrisa, lejos de ser nítida, lo observa sin aires de bienvenida. En la camisa lleva un distintivo de guía turístico con su respectivo nombre: Fiedrich.

Empiezan su conversación con un tono íntimo, imperceptible para los oídos de Lola, que disimula aporreando el teclado con el estribillo de la última canción de Rosalía, una y otra vez. Esperando que a su vecino no le dé por otear, inclina ligeramente la pantalla, y elimina, así, cualquier posible ángulo de visión. Dejan de hablar cuando Antonio les trae sus bebidas; este le guiña un ojo a Lola, mientras intenta leer de refilón lo que ella ha escrito.

Friedrich empieza a subir el diapasón en su idioma.

—¡Günther!, no vamos a decir nada de lo que pasó ayer, ¿vale? Son chicas que parecen más mayores que lo que aparentan. Y ellas tampoco van a hablar… estoy seguro; fueron ellas las que vinieron a calentarnos en el bar.

Lola bloquea su dedo en la tecla y borra todo los estribillos sin darse cuenta. Su alarma interna está ondeando la bandera roja.

—Lo sabíamos; en el fondo, lo sabíamos, y tú lo niegas. Fuimos muy lejos…

—¿Perdona? ¡Si hasta llevaban condones en los bolsos; todas! Y estábamos borrachos.

—No lo estábamos tanto, y no tenías que haberme metido esos polvos de Cachondina en la bebida. ¿De dónde los has sacado?

—¡Mira, eso da igual!, ¿Quién vino a frotarse el culo contra nuestro rabo?, ¡ellas!; ¿quiénes nos pidieron que fuéramos a sus habitaciones?, ¡ellas!

—Sí, pero sabíamos que estaban en el instituto; no hace falta saber sumar para darse cuenta de que eran menores, por mucha minifalda que llevaran.

Lola no deja de morderse el labio inferior con fuerza, a la vez que se hinca las uñas en el interior de su puño.

—Oye, que en Alemania la edad de consentimiento sexual es de catorce años, así que no flipes tanto.

—Somos como sus tutores; somos responsables frente a Schloss Salem. ¡Si hasta los profesores del internado dormían en el mismo pasillo! Nos contrataron para hacerles de guía en la excursión. Y que sepas que la edad mínima es de 18 años: ¡vamos a ir a la cárcel si se enteran!

Lola se levanta bruscamente de la butaca, con su móvil en la mano, dejando encendida la pantalla del ordenador donde se percibe, en la barra de búsqueda, el número de teléfono del internado.

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