Urales

Roy Carvajal

En las faldas de las montañas aun viven los Urkis, conocidos por sus habilidades para trabajar la madera. Sus artesanías retratan la belleza de las aldeanas, muñequitas de madera pintadas con flores y colores inspirados en sus vestidos.

Fieles a la tradición anual, las mujeres danzan por la noche formando un círculo alrededor de una hoguera. Tambores de cuero y flautas de álamo las alientan. Los sarafanes caen largos hasta sus pies y los cuerpos jóvenes lucen bordados de rosas, peonías y margaritas. Los gorros lanudos vuelan y dejan libres los cabellos rubios. Las mujeres portan entre sus manos muñequitas artesanales. Giran aferradas a ellas. Sus amuletos de fertilidad. Arrojan sus matrioshkas a la fogata para curar la madera. Para dotarlas de magia, de amor ardiente. 

Las danzas entrelazan cánticos de hombres. Visten túnicas de lino tejidas a mano por sus abuelas y bordadas con símbolos espirituales. Botas al aire y cinturones liberan panzas repletas de infusiones de bayas. Se congregan alrededor de las mujeres y les ofrecen sus cuencos. Se les acercan en pleno vaivén y las deleitan con los hipnotizantes coñacs de arándanos e hidromiel. Al amanecer y con la hoguera a medio extinguir, descansan sobre el césped húmedo, abrazados a la magia de la fertilidad.

***

Los Urkis compartían mitos sobre la anciana Baba Yaga, una descendiente de artesanos que vivía en una cabaña en el bosque. Aunque su presencia los aterraba, era un símbolo de sabiduría femenina, la protectora de matrioshkas.

Ekaterina nunca pudo concebir a pesar de los rituales. En su plenitud, sentía el vientre seco. Así que una noche visitó a la anciana. Baba Yaga vio en ella su candidez y su alma noble, así que le reveló el secreto de las matrioshkas mágicas. Determinó que era la elegida para proteger el don de las muñecas, lo que avivó el corazón de Ekaterina. Entonces la llevó al cobertizo. 

Al abrir la puerta, encontraron el lugar como iluminado por el sol. Mesas de carpintero lucían repletas de coloridas matrioshkas de mil tamaños. Sin embargo, había algo inusual. Los cuerpecitos de madera se iluminaban como rodeadas por el fuego de una caldera, pero no se incendiaban. La anciana alegó que esas matrioshkas eran sobrevivientes a los rituales de la hoguera. Las recogía al alba entre borrachos aturdidos. El fuego las cargaba de energía y regeneraba la semilla de la vida en sus vientres huecos.

Ekaterina apoyó un dedo sobre una de ellas, le agradó su pintura de velo rojo y vestido amarillo floreado. Los ojos azules de la matrioshka brillaron. Baba Yaga le explicó que al tocarla, había aceptado su destino. Ekaterina sintió su vientre estremecerse con sutileza.

Regresó a casa con la matrioshka y corrió entusiasmada hacia su dormitorio. La abrió por la mitad para ver su interior. Destapó ocho muñequitas, una tras otra. Pero faltaba la novena. Sabía que los artesanos no eran capaces de pintar algo tan pequeño, así que la última albergaba una pelotita de madera, una semilla, a la que pintaban un bigote negro. Significaba el fin del ciclo maternal. El varoncito.

Pasaron los días y Ekaterina notó cambios en su cuerpo. Una luz cálida la rodeaba y su vientre comenzó a crecer. Su embarazo fue especial. Los aldeanos se apresuraron a ver el nacimiento y miraron atónitos el milagro. Con la anciana como partera, se convirtió en la madre amorosa de su hijita. 

Pero los partos se siguieron dando. Uno por año. Uno tras otro. Dio a luz ocho niñas rubias y sonrosadas. Sin embargo, Ekaterina murió de forma inesperada en el último parto. Combustión espontánea, dijo sin reparo Baba Yaga y los aldeanos curiosos se persignaron viendo la escena. La anciana recogió las cenizas de la madre en un saco y los juntó con los restos de matrioshkas incineradas. 

***

Las ocho niñas se convertirán en adultas y danzarán en el rito de la fertilidad. El noveno, la pelotita. El nonato esperará con paciencia a que los artesanos tallen nuevas matrioshkas. Aguardará oculto en la cabaña de la anciana. Pronto será la celebración en las faldas de los Urales. La gran hoguera. Las dotará del germen de la vida introduciéndose en alguna de ellas, mientras luce orgulloso un gran bigote pintado.