Enrique Gómez

Una ligera aproximación

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Me gusta que llueva por las noches, refresque por las mañanas y salga el sol al mediodía. Me gusta el frío si voy bien abrigado. Me gustan los días largos, los meses de treinta y un días y las primaveras insistentes.

Me gusta que los patitos vayan en fila, la ropa planchada, el sonido del agua, volar cometas, decir “te quiero”.

Me gustan la moderación y sus sinónimos: los comentarios discretos, los ambientes sobrios y las personas que conservan la elegancia en cualquier situación —una vez alguien me dijo que, a un caballero, como mejor se le reconoce es cuando viste en bañador, y me gustó lo que eso significa—.

Me gustan las relaciones comedidas, que no se extralimitan ni se alargan más allá de lo que deben. También me gustan las despedidas breves, pero amables.

Me gustan las personas que se cuidan en lo físico y en lo intelectual. Me gustan las mujeres más jóvenes que yo y las amigas con roce. Me gusta gustar. Me gusta el sexo en todas las facetas que he explorado.

Me gustan las películas de romanos y las de vikingos; también las del antiguo Egipto, aunque ya no las hacen. Me gusta Lauren Bacall.

Me gustan las patatas fritas, las espinacas, el café —solo o con leche, dependiendo de la hora—. Me gusta casi todo lo que engorda.

Me gusta recordar a una vecina a la que perdí de vista.

 

No me gusta perder cosas, ni a personas. No me gusta cuando pierdo los nervios o se me agota la paciencia.

No me gusta indignarme ni me gustan los indignados vocacionales. No me gustan los que tienen ideología en vez de criterio. No me gustan los reproches, ni las etiquetas manoseadas. En realidad, lo que no me gusta es encontrarme a gente que reprocha y etiqueta.

No me gusta que, en las series inglesas, conduzcan por la izquierda y el conductor se siente en el sitio “natural” del copiloto, porque me parece que van a tener un accidente y me despisto de la trama. No me gustan las escenas de sexo porque me dan envidia, ni me gusta que los protagonistas pierdan el tiempo enamorándose y dándose besos largos. No me gusta Marilyn Monroe.

No me gusta Cortazar: por alguna extraña asociación de ideas, que no comprendo, me recuerda a la tuna de Derecho… Y no me gusta la tuna porque saca lo peor de mí.

No me gustan las personas excesivamente sinceras. No me gusta la verdad cuando hace daño, ni el amor que obliga, ni la confianza para decir impunemente cualquier cosa.

No me gusta cambiar a otros, ni que ellos me intenten cambiar a mí, porque me ha llevado mucho tiempo ser como soy y así me gusto (o, por lo menos, me soporto).