Una historia de mar

Vanessa López

Era una tarde de abril. Las ropas colgaban en el alambre sujetadas por ganchos, se agitaban con el viento y hacían un sonido muy fuerte, como si fueran las velas de un barco.

Yo, recostada bajo el árbol que me servía de refugio en la parte trasera de mi casa, cerraba los ojos y me transportaba al mar. Me imaginaba en un barquito donde estábamos ella y yo, navegando quién sabe a dónde, pero juntas. Seguro convencidas de que llegaríamos a un lugar donde nadie podría separarnos. 

Desde que nos graduamos del colegio, nos quedamos sin excusas para vernos. Antes, hasta el año pasado, la excusa perfecta eran las tareas. Todas las tardes regresábamos a casa caminando por ese sendero lleno de flores que tanto le gustan a ella. Algunas veces, al llegar, nos desviábamos silenciosas hacia nuestro árbol y allí hacíamos una siesta; yo, recostada en sus piernas, con los ojos cerrados y con el olor a tierra, flores y ella, que me acariciaba el pelo con sus manos y me contaba historias que sacaba de las largas conversaciones con su abuela.

Esos momentos eran eternos; parecían haberse repetido tantas veces que eran como un solo recuerdo gigante, perfecto. Allí pasábamos al menos una hora cada tarde en un ritual que parecía eterno y que siempre terminaba sellado con un beso. Un beso suave, sutil, temeroso pero inevitable. Allí, bajo ese árbol, conocí el amor.

Luego limpiábamos las hojas secas de nuestras ropas y entrábamos a la casa. Al llegar, mi madre siempre nos tenía el almuerzo listo; casi siempre servía su especialidad: bistec de gallina criolla, arroz y aguacate. Y jugo de guayaba, esas guayabas que cogía en el patio de la casa y que se habían convertido en la bebida oficial de mi casa. Y ella lo amaba; pedía casi siempre un segundo vaso y mi madre, orgullosa de sus guayabas, se lo servía gustosa.

Íbamos luego a mi habitación, que quedaba en el segundo piso, justo al lado de un balcón que daba al corral de las gallinas. Muchas veces nos sentábamos allí a observarlas, tan encerradas, pero tan libres a la vez, dando picotazos y corriendo unas tras otras. Pero la mayoría de las veces nos recostábamos en la cama y nos mirábamos. Así, sin decir palabra. Solo nos mirábamos, perdidas la una en la otra. Y, en algún espacio entre las miradas, hacíamos tareas.

Un día ella llevó a casa un folleto que le dieron en la plaza del pueblo. Era de una agencia de turismo. Promocionaban un viaje inolvidable a Cartagena. «Descubre la magia de Cartagena de indias con el amor de tu vida», decía en letras grandes. Le pareció que era casi una invitación. 

«¿Nos imaginas a nosotras dos en Cartagena? Quiero conocer el mar contigo, estas montañas a veces parecen contenernos. El mar no debe ser así. Solo es mar y parece tan infinito…», me decía absorta en sus pensamientos.

Y ese fue el plan durante meses. Mi abuelo nos contó una vez que el mar era tan inmenso que los poetas lo usaban casi siempre en vez de la palabra infinito. Y esa me parecía una razón suficiente para pensar que era el plan perfecto para escaparnos.

Pero esa tarde de abril, sentada bajo ese árbol, solo lograba conectarme con esa idea al cerrar los ojos e imaginar las velas del barco. Porque, desde que mi madre nos había visto besarnos aquella tarde, recostadas en este árbol que parecía tan seguro, tan aislado, tan protector, me prohibió verte de nuevo. No solo eso. Llamó a tus padres y les dijo que éramos unas pecadoras y que tú solo querías corromperme. Cuando yo sabía que lo único que querías hacer era amarme.

En enero te mandaron a la ciudad a casa de una tía de la cual no tengo ni el nombre. Menos el teléfono. Y yo me quedé aquí, atrapada en este pueblo donde se ven tantas montañas… pero no el mar. Donde se ven tantas personas, pero no te veo a ti. Solo me queda mi árbol, el jugo de guayaba y el folleto: testigos de una historia de amor infinita, como el mar.