Una guitarra

Nerea Aceituno

La gente pasa por la calle con la indiferencia de quien sabe que nunca se encontrará en su lugar. Un señor mayor, tras dar varios pasos cortos y lentos, toma aliento y vuelve a caminar. Repite la acción a lo largo de toda la acera, hasta girar por la esquina. Como cada día, va a comprar el pan. En veinte minutos, estará de vuelta, cargado con las bolsas y con el periódico. 

Un padre también pasea junto a sus hijas en dirección al parque. La escena se repite cada martes, jueves y sábado, los días que aquel hombre separado pasea con sus hijas. El resto de la semana lo hace solo, aunque en el último mes lo ha visto en varias ocasiones con una joven de lo más guapa.

Una pareja de chicos que no pasan de los dieciséis o diecisiete años se besan apasionados a la salida de una de las cafeterías de la acera de enfrente. No son clientes habituales; ni siquiera deben vivir en la zona. Ellos también cruzan y pasan por delante de él sin siquiera dedicarle una mirada de pena. Lo prefiere así. Nunca ha soportado la compasión.

Por unos segundos cierra los ojos y se imagina vestido con una camiseta que le guste —aunque no cueste más de cinco euros—, unos pantalones de su talla y un par de zapatos sin agujeros, por no hablar de un buen abrigo que lo proteja del frío en invierno. Sin embargo, se conforma con sentarse en esa manta vieja y sucia que lo acompaña siempre, y esperar a que esa noche su gorra tenga suficiente dinero como para comprarse un bocadillo y una botella de agua.

Muchos de los que pasan por delante de él no verían sus vidas afectadas al darle cinco euros, ni siquiera diez. Pero no lo hacen. Algunos, los más misericordiosos, se acercan a darle cincuenta céntimos, o un euro. Todo un logro. Ninguno de ellos espera encontrarse en su lugar nunca, sentir las miradas de asco y pena de los demás cada segundo, mendigar para tener algo que llevarse a la boca…

Él tampoco lo esperaba.

***

Lo ve en la acera de enfrente, como cada día. Solía darle miedo, y evitaba cruzar, pero ahora es incapaz de pasar por allí sin saludarlo. Ese día en concreto va a darle una sorpresa. 

Mientras espera a que el semáforo se ponga en rojo, recuerda una de las pocas conversaciones que ha tenido con él hace un par de meses.

 

—Quizás, si hicieses algo más sorprendente, la gente se pararía a mirarte, y te darían algo de dinero.

—No sé…

—¿No hay nada que sepas hacer?

—De pequeño aprendí a tocar la guitarra, pero apenas recuerdo un par de canciones.

 

Ese día no le dijo nada. Se limitó a darle veinte euros (lo que llevaba en la cartera) y a alejarse caminando. No obstante, se le había ocurrido algo.

Le costó convencer a sus padres de que le comprasen otra guitarra. La suya era casi nueva, y la antigua la habían tirado. Pero al final accedieron a regalársela por su cumpleaños. Ella también espera hacer un regalo que haga tanta ilusión.

Cruza por el paso de peatones y se para frente a aquel hombre vestido con trapos. Cuando lo alcanza, descuelga su antigua guitarra de la espalda. Solo espera que sus padres tarden en darse cuenta de que no está en el garaje, tal como les ha indicado.

—¿Qué es esto?

—Me dijiste que sabías tocar.

—Te dije que sabía de niño. No me acuerdo de nada…

—Pues practica. Te he dejado un par de partituras dentro de la funda.

 

Nueve meses después…

 

Las calles están ambientadas. Es lo que tiene la Navidad. La gente sale, se divierte, compra… Un grupo formado por un batería, un guitarrista, un pianista y un violinista amenizan la velada. Un grupo numeroso hace un círculo alrededor, escuchando su música y poniendo algo de dinero en una cesta.

Entre el bullicio propio de la ciudad, dos miradas se cruzan, se sostienen y se sonríen. Ya no lleva esos ropajes, ni parece que lleve años sin ducharse. Su guitarra incluso parece otra, ahora que él la toca.