Un día más de trabajo

Gloria Ortiz

Con la visión nublada por las lágrimas, las piernas temblorosas y un pánico mezclado con valentía, corrió Antonio, hasta atravesar el ventanal y caer al vacío, desde el décimo piso de la compañía en la que trabajaba. 

Era martes y, como era habitual, Antonio llegó a la oficina a primera hora. Tomó su taza de café, saludó a todos sus compañeros (aunque no con la misma euforia que lo caracterizaba: de hecho, estaba algo disperso, con la mirada confusa, triste, y hasta parecía sollozar mientras sorbía el café).  

Estuvo absorto en sus pensamientos toda la mañana y, aunque sus amigos trataron de persuadirlo para averiguar qué ocurría, Antonio no dijo una palabra, y continuó con las tareas del día mientras pasaba el tiempo. 

A la hora del almuerzo, no salió de la oficina. No aceptó ningún tipo de invitación y permaneció allí, mirando la pantalla del ordenador. Recordaba el primer día de trabajo de Miguel: un joven aprendiz, bastante listo y apuesto. Antonio, como ejecutivo senior de la compañía, estuvo guiándolo en la etapa de entrenamiento; había, por supuesto, otros ejecutivos menores que podían ocuparse de ello, pero él decidió encargarse personalmente. 

Al correr de los días, Antonio y Miguel pasaban más tiempo juntos: almorzaban, tomaban un café, salían a un bar, al cine; en fin, compartían muchos momentos. En los pasillos de la compañía, ya se hablaba de su “bonita amistad”, pues era un secreto a voces la vida de excesos que llevaba Antonio y lo bien que aprovechaba cada vez que llegaba un chico nuevo con el cual pasar sus aventuras y noches de lujuria y pasión. 

Había toda clase de rumores y comentarios al respecto, pero nadie se atrevía a confirmar nada, más allá de una amistad. 

Llegó la media tarde, y era hora del break. Se reunieron todos en la sala de descanso a tomar un café. Esta vez Antonio sí los acompañó, pero solo de cuerpo porque su mente seguía en otro lugar: de lejos escuchaba las charlas y risas de sus compañeros de trabajo. Él recordaba la cita con el médico que había tenido el día anterior, y supo que su vida ya nunca más sería la misma. Lo que le carcomía el alma y la conciencia era que había condenado, a su incondicional, entregada y joven esposa y a los mellizos que llevaba en el vientre, a una vida miserable de limitaciones, medicamentos, interminables citas médicas y un tictac que escucharían en su cabeza por el resto de sus largas, o cortas, vidas.

Llego la hora de ir a casa, pero esta vez Antonio decidió salir por la ventana. Y así terminó un día más de trabajo y, de paso, la vida de Antonio.