Texas Hold'em

Roy Carvajal

El señor Robertson disfrutaba de las apuestas. Su vida giraba en torno a las mesas de juego, donde se enfrentaba a oponentes de todas partes del mundo. Antes de salir de su apartamento, se aseguraba de llevar en el forro de su chaquetón a cuadros, una mano de sus cartas especiales. La herencia de su abuelo, un jugador profesional de póker en los años cincuenta. Creía que las cartas le otorgaban suerte y habilidades ocultas para leer a sus oponentes.

Decidido a llevarse el premio mayor, se inscribió en un torneo de alto nivel en un prestigioso casino de Las Vegas. Entró por la puerta de vidrio giratoria, y una rubia vestida con lentejuelas plateadas le ofreció una copa. La noche pintaba espléndida. Bebió unos sorbos mirando entusiasmado las mesas repletas de jugadores.

Tomó asiento y los pechos siliconados de dos chicas lo rodearon. Una de ellas bebía un Old Fashioned mientras que la otra le acercó un Martini con una aceituna. Eran seis jugadores, contando al crupier. El torneo comenzó y el señor demostró por qué era uno de los mejores. Hizo retirarse a tres y tenía la mesa colmada de fichas de colores apiladas en torres. Unos tres mil dólares ganados sobre la gamuza verde. 

Un hombre alto, fornido y de piel quemada a quien apodaban “El Navajo” se sentó frente a él. Se quitó el sombrero texano develando su cabello gris trenzado. De su chaqueta roja, sacó un habano que cercenó con un cortapuros. Las chicas se cambiaron de lugar para encenderlo y este dio una bocanada larga. Tenía mala reputación por despojar sin piedad el dinero a sus oponentes. A medida que la partida avanzaba, Robertson se enfrentaba a él limpiando el sudor de su calva con un pañuelo. Esperaba sacar sus cartas especiales, pues El Navajo parecía adivinarle el juego.

No tuvo más opción. Escondió su mano de póker bajo la mesa. Todos enfocados en su propio juego. Aprovechó para sustituir las cartas de su bolsillo. Las colocó boca abajo sobre la mesa y comenzaron a brillar con una halo de luz que solo él percibía. No era efecto de las copas. No era suerte. Era luz de magia que su abuelo le heredó. Sintió una corriente eléctrica subiendo por el brazo hasta el cerebro y sus ojos se voltearon en sus escleróticas. Con un escalofrío volvió a la normalidad. Limpió de nuevo el sudor de su cabeza y miró a su contrincante. Hizo la última ronda de apuestas. Solo quedaron ellos dos.

Llegó el showdown y los jugadores debieron mostrar las cartas. El Navajo se aprestaba a tomar las fichas, confiado de tener la mejor mano antes de mostrarla, pero Robertson se abalanzó sobre la mesa y lo detuvo por el brazo, haciéndolas rodar por la alfombra. Se levantó con presteza de la silla, y el siete, el ocho, el nueve, el diez y la jota de diamantes fueron puestos sobre la mesa. Su cara de lunático miraba su increíble straight flush, un abanico perfecto de cinco cartas en escalera de color.

El Navajo dio una larga calada a su habano y soltó el humo abundante sobre la mesa. Las cartas del as, el rey, la dama, la jota y el diez de picas fueron apareciendo de entre la nube perfumada de tabaco. Una a una, tapó con el royal flush las cartas de Robertson. El crupier, las mujeres y el resto de jugadores que perdieron sus apuestas, presenciaron asombrados aquel evento del azar donde sucedió lo improbable. Robertson sintió un leve mareo al verse derrotado y se desplomó sobre la mesa.

Un infartado traería mala fama al casino y los paramédicos lo atendieron en el acto. Tras una reanimación cardiopulmonar en medio del tumulto, lo acostaron en una cama de ambulancia. Le cruzaron los brazos sobre el pecho que aun tenia pegados los electrodos. Empezaron a empujar entre la gente, las mesas y tragamonedas hacia la puerta trasera. Se tropezaron con El Navajo. Se quitó el sombrero y reconoció al nieto de su eterno rival. Miró con su cara de póker la mascarilla de resucitación. Le entregó una mano de cartas que se iluminaron  como relámpagos entre sus dedos y fue a cambiar las fichas.