Techos de cristal

Josean Amores

Tras haber comprobado que el informe médico avalaba el tratamiento que iba a comenzar, Marta Colom leyó detenidamente las instrucciones que debía seguir en las semanas siguientes: llevar una dieta equilibrada, no realizar esfuerzos físicos importantes… todo asumible. Tan solo veía más complicadas las prohibiciones de fumar —estaba dejándolo—, y la de beber alcohol, ya que era una gran aficionada al vino de Rioja. Aunque, sin duda, el auténtico escollo lo tendría en el trabajo, cuando comunicase su voluntad a sus superiores.

—¿Es consciente de las consecuencias que tendrá la decisión que está tomando, fräulein Colom?

Pues sí, claro que lo estaba: estaba poniendo en riesgo dieciocho años de investigación en la Universidad de Colonia, pero Marta no podía esperar más si quería ser madre, aunque fuese soltera. A punto de cumplir cuarenta años, su fertilidad era como un reloj de arena que se iba vaciando grano a grano con cada ciclo menstrual.

—Así es, fräulein Riebenbauer. Quiero pedir una excedencia de mi cargo como investigadora adjunta. Voy a iniciar un tratamiento de fertilidad para ser madre, y quiero centrarme en disfrutar al máximo esta nueva etapa de mi vida.

Desde que había llegado con veintidós años a Alemania para estudiar un postgrado, su vida se había centrado únicamente en su trabajo en el departamento de Historia Moderna encadenando jornadas maratonianas de quince horas, entre docencia e investigación. Sin fiestas, sin familia, sin relaciones… Todo era trabajo, trabajo y trabajo. Incluso aprovechaba sus vacaciones para viajar por Europa y estudiar legajos, códices y pergaminos que la ayudasen a ampliar sus conocimientos sobre su gran pasión: el Sacro Imperio Romano Germánico. Todo por un reconocimiento profesional que nunca acababa de llegar: convertirse en Jefa del departamento de Historia Moderna. Y no es que fuese ambiciosa. Simplemente era la mejor, y todos lo sabían.

—Dígame, Marta —continuó la coordinadora—. ¿Sabe cuántas mujeres entran a trabajar cada año en las más de veinte áreas de investigación de esta universidad?

—Pues no. No tengo ese dato

—Treinta y siete, de las cuales a los cinco años continúan unas quince, y a los diez años ya solo queda media docena. No hace falta ser Pitágoras para entender la nula relevancia de investigadoras en esta universidad.

Los datos, por llamativos que fueran, no sorprendieron a Marta. El ámbito académico era tan poco propicio para su desarrollo profesional como cualquier otro ámbito laboral. Pocas eran las mujeres que lideraban un departamento. Daba igual cuál fuese el logro conseguido. Siempre había un hombre que se llevaba el mérito. Por eso, año a año se producía un goteo de bajas de mujeres que, al toparse con su techo de cristal, optaban por dejar de lado la investigación para centrarse en la docencia.

Siempre había excepciones, como Frederika Riebenbauer, el gran referente de Marta. A sus sesenta años había roto cualquier tipo de barrera al ser la primera mujer en dirigir la Universidad de Colonia. Aunque para ello había renunciado a todo tipo de distracciones personales, categoría en la que entraban, según su criterio, las relaciones amorosas y formar una familia.

—Marta, es usted una de las mentes más brillantes de esta institución y no puedo permitirle que renuncie a su carrera. Antes de firmar su excedencia, quiero que lea con atención este otro documento…

Tras la extensa reunión con Riebenbauer, Marta volvió a casa andando. ¿No decían en la clínica de fertilidad que le vendría bien? Pues eso, a caminar,  según pensó resignada. De camino, se paró en un centro comercial en el que compró algunas cosas para la cena, una cajetilla de tabaco y una botella de Rioja. Abrió el vino y se bebió de un trago la primera copa. Siguió bebiendo hasta que la botella no dio más de sí. Tras la cena, se tomó un café y encendió un pitillo. Mientras fumaba compulsivamente, repasó mentalmente el documento ofrecido por la decana. Un contrato laboral como Jefa del Departamento de Historia Moderna que había firmado tras haber dudado mucho. Había sido ascendida, sí, pero, al romper su techo de cristal, hizo también añicos la esperanza de un sueño que jamás cumpliría. Observó el cigarro consumirse y se preguntó si el sacrificio había merecido la pena.