Superación inmoral

Esther Muntaner

La gente suele preguntarse cuál es su primer recuerdo, el que marca el inicio de una vida y el que envuelve la memoria de la infancia. El mío es el sonido del dolor ajeno.

Mis padres se conocieron en las fiestas del pueblo cuando mi padre todavía guardaba algo de la poca decencia que ha tenido en esta vida. Con la intensidad que acompaña a todas las emociones durante la juventud, se enamoraron y se casaron el mismo año. A los tres meses le dio la primera hostia, pero entonces ya era demasiado tarde. Mi madre ya me llevaba en su vientre y ya me había hecho cómplice de aquella relación deletérea. Nunca supe cuál fue el desencadenante del primer golpe pero, a partir de aquel, nunca le hizo falta ninguna razón para menospreciarla y desacreditarla.

Mi madre es una mujer sumamente creyente. Fue precisamente en las Sagradas Escrituras donde encontró la fuerza para sobrellevar aquella situación: para esconder los golpes, para ignorar los reproches y para callar, pero también para gestar la venganza. Yo tenía diez años y ya había aprendido a vivir con la aflicción y el odio, que acallaba con la escritura. Aquella noche, mi padre había llegado del trabajo, más sombrío de lo habitual. La crisis del sector agrícola había atizado al pueblo, y los terratenientes habían empezado los despidos: mi padre había sido el primer afectado. Tras una letanía de insultos y recriminaciones a la que mi madre respondió con la asertividad que tanto dominaba, mi padre perdió el control y le lanzó la botella de cerveza que tenía en la mano. Mi madre la esquivó, pero me alcanzó a mí en la cabeza, que estaba lavando los platos, intentando mantenerme al margen de la situación. Me desmayé en el acto, y el siguiente recuerdo es el rostro de mi padre al borde de mi cama con lágrimas en los ojos.

Aquel día perdió toda la dignidad que le quedaba y se arrodilló ante los dos para pedirnos disculpas, pero mi madre sabía que, con aquel golpe, parte de mi alma se había roto y nunca se podría enmendar. Al cabo de unos días, en un intento de mantener la fingida normalidad, mi padre decidió dar un paseo por el pueblo con mi madre. Cuando regresó, la que cruzó la puerta no fue mi madre: fue una mujer libre, libre del sinsabor y de la aflicción, del sufrimiento y el dolor.

—Hijo mío, dice el señor: «Mía es la venganza y la retribución», prometiendo el castigo de los que le han ofendido y la venganza de los oprimidos. Pero ya has visto que a veces Dios está demasiado ocupado para vengarnos, y por eso también dice: «Repudia al injusto y al violento». El otro día tu padre, al golpearte, se alejó del camino de Dios para siempre. Hoy yo me he tomado la justicia por mi mano y he intercedido por Dios. A partir de ahora, tú deberás hacer lo mismo. Nunca más te dejes avasallar, pues nadie más que tú va a salvarte.

Tras aquello, mi madre denunció la desaparición de mi padre. No fue difícil convencer a la policía de que se trataba de un suicidio, teniendo en cuenta el reciente despido y su carácter huraño e introvertido.

Hoy, treinta años después, el día de la salvación ha llegado, y aquí está mi ofrenda. La sangre que todavía brota de su herida encharca el suelo y se extiende como la niebla. Sus ojos, todavía abiertos, se han quedado atrapados en la desesperación del náufrago a la deriva. Mientras le apuñalaba el pecho, ella me atravesaba la mirada con desespero, buscando respuestas a su muerte. Después del forcejeo, he sentido cómo sus puños se relajaban ligeramente, dispuestos a recibir el castigo del juez eterno. No ha llegado a oír mis últimas palabras: «Y manifiestas son las obras de la carne, como el adulterio y la fornicación. Los que cometan tales pecados no heredarán el reino de Dios».