Ana Patricia Martínez

Soy una llave

He existido desde hace dos siglos cuando un hábil ebanista creó el secreter donde se encuentra el cajón oculto que sólo yo puedo abrir. Era un pedido importante de la abuela confidente de su nieta mayor quien sostenía un romance con el caballerango de la hacienda familiar.  El pequeño receptáculo sirvió para guardar la correspondencia de los enamorados y así poder planear su fuga. 

El hermoso mueble que cierro y abro formó parte de la habitación de esa joven a la que su padre pretendía casar con un viudo rico para agrandar sus tierras. Doña Celestina no lo podía permitir y, con su intervención, logró la felicidad de su nieta. Don Furibundo reaccionó con tanta ira que ordenó que todas sus pertenencias fueran regaladas o vendidas y así fue cómo aparecí en la sacristía del pueblo.

El párroco le encontró un buen uso al cajoncito al guardar en él los secretos de confesión de sus feligreses pues, eran tantos, que no quería olvidarlos o confundirse de pecador. De vez en cuando hacía uso de algunos de esos datos para conseguir donativos para la iglesia o para algún necesitado.  

─ Dios lo tomará en cuenta para el perdón de tus pecados─ les decía el cura.

Cuidé por años esos pecados hasta que Don Fidencio estando ya anciano decidió vaciar el cajón y quemarlos, así nunca violó el secreto de confesión.

Después de su muerte; el escritorio y yo, fuimos comprados por un licenciado criollo que anhelaba la independencia de México y sostenía correspondencia con otros conspiradores, todos de buena posición incluso algunos frailes. Se reunían en tertulias literarias o musicales que les servían de disfraz. Corría el año de 1810 y llegaron a participar hasta cuatrocientas personas. Todo fue mantenido en secreto pues en ellas intervino hasta el Corregidor y su esposa. Hubo contratiempos, pero la Independencia se llevó a cabo. Y, a pesar de la rapiña e incendios. El secreter y yo sobrevivimos.

Avanzaba el siglo XIX y fuimos a parar a la recámara de una señora de la alta sociedad. Ella tenía un esposo muy anciano y avaro. Don Puritano la maltrataba y ella no tenía otra opción que aguantar pues no tenía manera de mantener a sus ocho hijos. La amenazaba con que, a su muerte, toda la fortuna sería donada a un hospicio para que ella tuviera que mendigar. Era su manera de torturarla en vida y hasta después de su muerte. Doña Dolores no quería imaginar la vergüenza que caería sobre sus padres e hijos si abandonaba al marido. Así que; se quedó, pero para hacer más ligero su tormento, se hizo amante del administrador de la mina de plata y, junto con él, le iban robando poco a poco al viejo enfermo que nunca necesitó su dinero, por lo que no se dio cuenta. Después de veinte años quedó viuda, rica y enamorada. El orfanatorio recibió la cuarta parte de la herencia que yo resguardé tras la cerradura. Permanecí con ellos otros veinticinco años hasta que, un anticuario adquirió el secreter.

Estuvimos ahí hasta que un buen día le gustamos a la madame de una casa de citas. En los inicios del siglo XIX, yo resguardaba la lista de clientes que era más que un secreto de estado. Los problemas que se hubieran suscitado si alguien se enteraba de esos nombres. Ni pensarlo pues se trataba de políticos, empresarios, hombres casados, alguno que otro sacerdote, homosexuales y hasta mujeres. Pero hice muy bien mi trabajo y la verdad no salió a la luz. Me llené de nombres que, ni bajo tortura policial, confesó la mujer. Muchos se lo agradecieron llenándola de regalos en su vejez, yo la acompañé por muchos años hasta que formé parte de lo que ella le donó a un convento.

Pasé más de cien años de mano en mano, llegué al siglo XXI y pensaba que ya nadie me necesitaba, pero me equivoqué. Aunque la gente guarda sus secretos en el mundo digital, un joven empresario con buen gusto y muy mujeriego, me llevó a su moderno departamento para que luciera como una pieza ecléctica en su cuarto. Y me encargó sus contraseñas.