Sólo para hombres

Pilar Borraz

Las campanas repican con alegría. Es el día de la Patrona. Las primeras fiestas desde que estalló la guerra. Por primera vez, un equipo de mujeres participa en el tiro de soga, deporte reservado a los hombres.

Las mujeres que participan en la competición no han parado desde bien temprano. Tienen que dejar la comida hecha y la casa recogida antes de irse. Hoy no se quejan; su cabeza está en el campeonato que van a disputar dentro de un rato.

Manuela llega la primera a la plaza. Las demás llegan puntuales, sofocadas por las prisas. Están nerviosas y no paran de hablar.

—¿Habéis visto cómo está la plaza?

—Yo creo que hay más gente que nunca.

—¿Os dais cuenta de cómo nos miran? Si las miradas mataran…

—Y la cuerda, ¿está preparada?

—De eso se encarga don Sebastián. Es el árbitro.

—¿Don Sebastián? Pues con la tirria que nos ha cogido… Me dijo que éramos unas revoltosas, que menos calle y más atender nuestras obligaciones. No me fío de ese hombre, Manuela —comenta Justa, que es criada suya.

—Venga, tranquilas —sonríe Manuela—. Lo peor ha sido llegar hasta aquí. Ahora vamos a colocarnos, que enseguida tiran el petardo.

Manuela organiza las posiciones: las mujeres pequeñas y menos pesadas, delante; las más altas y gruesas, detrás de todo.

—Yo marcaré el ritmo. Tiraremos a la vez. Rafaela, tú vas la última. La cuerda te la pasas por encima del hombro, cruzada a la espalda, Ni se te ocurra atarla a la cintura, que nos descalifican.

El ruido del petardo interrumpe el bullicio de la gente. Los dos equipos se disponen enfrentados en el extremo de la soga que ha decidido la moneda. La emoción y la tensión se pueden cortar. Es mucho lo que se juegan.

Manuela les ha recordado que lo peor ha sido llegar hasta aquí. Mucho han peleado para conseguirlo. Este año no hay vaquillas ni bailes. Solo los deportes tradicionales: La barra aragonesa, el tiro de soga, las carreras de cintas y las carreras de pollos. Manuela

empezó a quejarse de que eran solo para los hombres. Y fue a hablar con el Consejo Municipal.

—Queremos competir. Tenemos derecho.

—Nunca han participado mujeres. Lo tendrían que autorizar los de más arriba. Haced una solicitud.

Manuela hizo un escrito que firmaron muchas mujeres. No les contestaron. Esperaban que se les pasara el capricho. Y volvió a insistir.

—Si hacéis equipos de mujeres, lo podemos estudiar —le propuso el del Consejo.

—Sabes bien que no hay mujeres para hacer otro equipo. A unas no las deja el marido; a otras, los padres o el novio. Firmar, firman, pero otra cosa es dar la cara. Queremos participar con los hombres.

— Ni que fuerais marimachos. ¿Por qué no os encargáis de las tortas de sardinas y del vermú como siempre?

Manuela se marchó resoplando. Convocó a las mujeres. Cuando los del comité de vigilancia se enteraron de la reunión, ya era tarde para impedirla. Al día siguiente, fueron a la capital, al Consejo de Aragón, con la reclamación. Regresaron con la autorización.

En todo lo que se juegan hoy piensa Manuela mientras espera la señal del árbitro para empezar a tirar.

—¡Compañeras, a ganar!

Su grito es la señal que las mujeres esperan: las manos atenazan la cuerda, las alpargatas se clavan en la tierra, y la rabia por las frustraciones pasadas se trasforma en un torrente incontrolable de fuerza. La voz de Manuela se eleva una y otra vez para lograr ese tirón común. El tiempo se detiene en la lucha feroz por arrastrar al enemigo al territorio propio. Estas mujeres saben lo que se juegan cuando dan el tirón definitivo que lleva a los hombres a la derrota.

—¡Les hemos ganado! —gritan, ríen y lloran. Se abrazan y se secan, con las sayas, los gotillones de sudor.

Los vencidos, encogidos en el suelo, miran desorientados a ninguna parte. Uno se levanta y arremete contra el árbitro. Cesa la celebración por el repentino silencio que se ha adueñado de la plaza.

«El equipo ganador ha sido el de los hombres —vocifera el árbitro—. Las mujeres han hecho trampas».

La plaza explota de alivio, y se lanza felicitar a los campeones. Las tramposas se han de apartar para evitar que las pisen.