Si ella supiera

Ana Efigenia

Despiertas la tormenta, una tormenta interna que me deshace por dentro. Que me anuda las vísceras como si un tornado las hubiera atrapado y las hubiera revolcado a miles de kilómetros por hora. Consigues que mi visión se nuble, que mi raciocinio deje de razonar y que mi serenidad ande buscando “al sereno”.

Si tú supieras… que cada vez que rozo tu piel me muero por dentro, que cada vez que me hablas me sirve de aliento, que cada vez que me miras me pierdo en tus ojos. Si tú supieras… que te amo en silencio. 

Hace años que escribí esta carta. La miro cada mañana cuando me levanto y me preparo para irme a trabajar. La contemplo durante unos minutos a la vez que me convenzo a mí mismo de no cogerla para dejarla en tu mesa. Muchos días pienso en volverla a escribir; de tanto leerla tiene mis huellas marcadas y mis lágrimas impresas, aparte de mis sentimientos escritos. 

Desde mi sitio te observo. Adoro la manera que tienes de llegar: arrasas con las miradas, acaparas la atención de todos, despiertas las envidias de muchos, los celos de tantos, la admiración de otros. 

Eres un torbellino de alegría, de energía y positividad. Me dedico a estudiarte cada día. Sé a qué hora sueles ir a por un café, que te gusta clarito con leche y con mucho azúcar, y que después de tomártelo caminas despacio contoneándote hasta el cuarto de baño. Allí me suelo hacer el encontradizo contigo, pero solo los miércoles y viernes, los martes y jueves lo intento en la máquina del café. Odio el café, pero siempre llevo monedas en el bolsillo para poder cambiarte, porque sé que llevas billetes. Esa es mi ocasión: cuando tu voz acaricia mi nombre para pedirme ayuda, me acerco avergonzado hasta ti y me aproximo todo lo que puedo para oler tu fiel aroma: hueles a vida, a ternura, a amor… Algunas veces finjo olvidar devolverte alguna moneda para tocar tu mano dos veces. Me recreo con el roce de tu piel y me estremezco. Después, me miras a los ojos, y me preguntas sin palabras porqué siempre estoy allí. No intercambiamos nada más. Tú te marchas y volteas la cabeza hacia atrás cuando has dado cuatro pasos (siempre los cuento), y yo te sonrió a medias hasta que vuelves a mirar al frente. 

Luego vuelvo a mi sitio y sigo observándote. 

Los lunes descanso: no fuerzo los encuentros porque no sé como voy a reaccionar, sé que lloras a escondidas detrás de tus carpetas y papeles, que no te levantas a por café ni al baño porque tu sonrosada piel se vuelve roja. Se de buena tinta que la vida no te trata bien, que quisieras huir y no regresar jamás, que te tiene sujeta la injusticia y que yo quisiera ser el juez para tener el poder de liberarte. Sé que no eres feliz. Yo tampoco lo soy. 

Los fines de semana son los peores días para mí, aunque te llevo dentro: temo olvidar tu cara, tu voz, tu esencia, tu ser. Me arrugo como un tronco seco, me desescamo como un pez exánime y me debilito como un mendigo. Enturbio mis sentimientos y enloquezco sin quererlo. Estoy loco, loco de amor. 

Hoy he cogido la carta, sucia, sin reescribirla. La he arrugado y la he metido en un sobre también sucio, roto y viejo. Luego me la he metido en el bolsillo de la camisa, cerca del corazón. Sé que en tal estado no la dejaré sobre tu mesa, pero necesito avanzar, necesito dar otro paso más. Necesito más. 

Espero a los lunes para poder verte, los martes para poder tocarte y los miércoles para poder hablarte. Eres la única luz que tengo en mi camino, la única mísera brizna de libertad, la única esperanza a mi oscuridad, la única salida a mi perpetuidad.

Me siento de golpe después de haber leído la carta que había sobre mi escritorio. Estaba metida en un sobre rojo en el que no ponía nada.  Miro hacia su mesa de inmediato. Me mira. 

Hoy es lunes: llora. Saco nervioso mi carta arrugada del bolsillo y hago un avión de papel, espero a encontrar de nuevo su mirada y lo lanzo. Lo atrapa.