Romeo Julieta

Tamara Acosta

Empujada por la desesperación, Julieta cumple sin remedio el plan que Fray Lorenzo ha urdido con el fin de sacarla de su desgracia. El fraile, sabiendo mucho de hierbas medicinales, ha elaborado una poción que le proporcionará a Julieta un sueño tan profundo que todos la creerán muerta. Un plan arriesgado aunque liberador, pues será la única forma de impedir que obliguen a la joven a casarse con quien no ama, lo que le permitirá poder fugarse con el único que le da sentido a los latidos de su corazón: Romeo. Romeo Montesco,  condenado a estar lejos de su amada por su apellido, sin saberlo, desde el mismo día en que nació. Desterrado de la bella Verona y obligado a vivir entre las sombras de Mantua, se encuentra ajeno al plan del que debería haber sido parte, pues la carta que hubiera tenido que ser entregada urgente y a tiempo a su destino nunca llegó. Veinticuatro son las horas que el cuerpo de Julieta permanecerá inerte esperando a que su Romeo la salve de un triste destino, y puedan así fugarse juntos para siempre, lejos del absurdo y ancestral odio que se profesan sus familias. Sin embargo, sus sueños se ven truncados pues, sin que nadie lo sepa, el destino juega en contra de estos dulces amantes. Un intruso con buenas intenciones se ha colado en esta historia, haciéndole saber a Romeo, mas erróneamente, que el cuerpo de Julieta duerme en el panteón de los Capuleto y su alma descansa con los ángeles. Estas palabras son tan letales que Romeo solo alcanza a sentenciar, con determinación, que no puede existir en un mundo donde no exista su sol, y que esa misma noche yacerá con ella.

Después de un largo viaje, cumpliendo con su palabra, llega al panteón apretando en su mano el pote de veneno que un boticario le ha vendido tras prometerle un trago letal. Aturdido, encuentra a su amada al final de un camino de cruces, flores, santos y velas. Asombrado por la belleza que la envuelve aun en manos de la muerte, le cuesta creer que un alma tan pura haya sido corrompida. Llora destrozado mientras mira a su amor, le acaricia la cara con dulzura y le pregunta al oído por qué sigue siendo tan bella, por qué sigue siendo carmesí el rubor de sus mejillas; tal vez la etérea muerte se haya enamorado también de ella concediéndole la belleza eterna, mas Romeo, aun sintiendo que no puede ser verdad un desenlace tan triste para un amor tan glorioso, tiene prisa por morir, sabiendo que solo podrán volver a estar juntos en el cielo. Sabiendo que, a causa de la rivalidad de sus familias, solo lograrán ser felices en la eternidad. Sabiendo que los dos amantes han antepuesto el amor a la muerte, prefiriendo el suicidio a la separación. Romeo sabe que ahí es donde debe poner su descanso eterno: sobre Julieta. Sus ojos la miran por última vez. Sus labios sellan un último beso. Cegado por la resignación, no percibe cómo los párpados de Julieta abren paso a unos ojos brillantes de felicidad por ser realidad el sueño de volver a encontrarlo. Sin más dilación, el desdichado amante levanta el brazo, llevándose a los labios el veneno, dispuesto a acabar de una vez con su tormento. Julieta, rápida como el viento, detiene con su mano a tiempo un final sin retorno. Cuando sorprendido se da cuenta de que la luna de su vida, su sol y sus estrellas sigue presente, entiende que todo ha sido una farsa y que ahora que sus familias creen muerta a Julieta, finalmente podrán vivir juntos y felices en el mundo terrenal. No cabiendo en sí de júbilo, la toma en sus brazos y, tras haberse entregado el uno al otro con un beso sublime, se dirigen hacia las puertas de la libertad. Se suceden por sus mentes imágenes enternecedoras, viviendo lejos de todo mal, juntos cada segundo sin que nada más los pueda separar. Colmándose a besos en cada amanecer, se imaginan amándose sin descanso bajo el manto de la noche. Teniendo hijos y criándolos en una familia donde no exista el odio ni el rencor, donde cada uno posea la libertad de casarse con quien elija. Tan grande es el gozo que ninguno se da cuenta de la presencia que los observa desde las sombras. Es el señor Capuleto, quien lleno de rabia se interpone en su camino: ¡Maldito Montesco! Maldigo tu nombre y te maldigo a ti, has llenado de dolor a mi familia y has matado a mi hija, prometiéndole un futuro juntos que jamás podías cumplir. Con espanto, Romeo baja a su amada, que mira suplicante a su padre rogándole perdón. El señor Capuleto levanta su pistola apuntando al corazón, lapidando con palabras la siguiente afirmación:

 

Mi hija está muerta, yo mismo velé su cuerpo con tristeza. No sé qué artimaña estarás usando, pero esto que tengo ante mí, no es más que el demonio disfrazado de belleza.

 

El disparo que resuena en todo el panteón mantiene su eco durante unos cinco segundos. Cinco segundos de desconcierto en los que solo puede distinguirse la sombra del señor Capuleto que, dejando caer el arma al suelo, abandona derrotado una escena desoladora. Los gritos desgarradores de la garganta superviviente llegan hasta el alma de los santos que allí rezan. El cuerpo sin vida del que brota una escandalosa sangre roja parece suplicar no haber nacido nunca. A pesar de seguir siendo bello, esta vez no cabe duda de que su alma vaga muy lejos. Los techos de la estancia llena de sueños truncados, a duras penas soportan el peso de ese corazón vivo, pero roto en mil pedazos. Tan insoportable es la visión de su amada muerta por segunda vez que no se detiene a admirar su belleza, pues simplemente quiere dejar de vivir en un mundo tan cruel como este. Coge la pistola, pues la culpable de su mayor desgracia será también su salvación, aportándole una paz sombría. Tomando de la mano al motivo único de su existencia y apretando con la otra el gatillo directo a su sien, piensa en que este es el castigo al odio de sus familias y suplica que esta tragedia sirva para transformarlo en amor, que el sol dolorido no salga mañana a alumbrar Verona y que entiendan que nunca habrá una historia de más amor que la de Romeo y su Julieta.

Tamara Acosta Díaz