Reposo infinito

Roy Carvajal

3.579 fue el año en que explotó mi nave espacial. Fui atrapado por una potente fuerza gravitacional. Antes de perder el conocimiento pude ver que me dirigía en picada hacia un planeta extraño. 

Desperté inquieto. Con mis manos toqué la superficie suave. El material  blanco y arenoso como polvo de nácar se deslizaba entre mis garras. Reflejaba los destellos iridiscentes de dos gigantescos soles amarillos. A lo lejos, una vasta superficie de brillo tornasol me encandilaba. Me incorporé y me aventuré a explorar. No tenía otra opción. En mi trayecto se dibujaban acantilados de mármol blanco rosa. Decidí escalar. Subido en la cúspide de un risco pude ver impresionantes abismos por los que corrían inagotables ríos cristalinos. Tendría agua de sobra para sobrevivir. Grandes fiordos irrigaban los extensos valles y llanuras. Bahías y playas bordeaban un infinito mar turquesa. Los soles empezaron a calcinar mi piel celeste convirtiéndola en manchas violetas. Me valí de mis garras para descender por el risco y buscar alguna sombra. Pero no existían árboles. Un desierto repleto de dunas nacaradas, como si la fuerza del mar que lo rodea hubiese convertido las conchas en arena. Así que bajé acercándome a la bahía y desde el risco hice un clavado. 

El agua era tibia y transparente. Sentí una medusa jugueteando entre mis piernas. Unos pececillos empezaron a coquetear con mis pies. En el horizonte vi lo que me pareció una aleta. ¿Un tiburón tigre? ¿Un tritón? Me dio algo de miedo así que volví a la playa para tumbarme y que los soles me secaran. Después de unos minutos me puse de pie para seguir explorando y levanté la vista usando mi mano como visera. Sobre mi cabeza divisé lo que me pareció una bandada de pterodáctilos. Pero estos eran emplumados. ¿Sería este un planeta de experimentación de los dioses? ¿De mezclas genéticas de Homo sapiens con bestias? Era aterrador que me atraparan y me pusieran patas de ciervo o cara de caballo. Además estaba desarmado y podría encontrarme con alguna sirena cantarina buscando devorarme. 

Divagaba en mis conjeturas cuando una presencia poderosa apareció frente a mí. Un sol a cada lado escoltaba su cuerpo de contextura delgada y fuerte. Su piel nívea e iluminada parecía de látex. Replegó sus alas y dejó ver su pecho. No eran pectorales ni tampoco senos. Quedé maravillado. Su figura. El canon de la perfección. Con paso resuelto y vigoroso caminó hacia mí, mostrando en su lento vaivén la solemnidad de su cuerpo.

Nos miramos frente a frente. Sus ojos como gotas de aguamarina no me revelaron nada. Hipnotizantes, solo mostraron la certeza y seriedad de su alma. Sus labios cerrados, una línea torcida en su tez, como guardando un secreto. Sus mejillas rabicundas no eran de metal ni de piel. Quizá de alguna aleación desconocida que solo en este mundo existe. Mantuvo su sonrisa parca. La brisa ondeaba su cabello dorado, como una felpa de luces solares que irradiaban un garbo de alcurnia, de diosa. Contrastaba con el perfil duro de su cara, de su nariz perfilada y estrecha. Su vestido de plumas finas pegado al cuerpo me inspiró seguridad. Y desplegó de nuevo sus alas levantando sus brazos al cielo.

Abrumado, bajé la cabeza y sentí mi energía siendo drenada del cuerpo. Caí de rodillas ante ella. Sentí su voz fuerte y directa en mi mente, una voz de mujer adulta, empoderada:

 

—¡Oh, Universo Maestro! Declaro culpable a este ser ominoso. Pido clemencia. Haced que su penitencia lo purifique, y pueda recibir una sentencia justa y misericordiosa para reencarnar su cuerpo.

 

Abrí la boca para hacerle mil preguntas pero no fui capaz de articular palabra. Quedé mudo como si no tuviera lengua. Y continuó su discurso:

 

—En su reposo infinito otorgadle sosiego. Permitidle el resurgimiento de su ánima, que ha descendido al planeta prohibido de los dioses y que anhela con esperanza la renovación de su entidad.

 

Alzó la vista y miró a uno de los soles. Con una firme flexión de sus rodillas levantó el vuelo. Dibujó en contraluz su hermosa figura alada dejándome abandonado a mi suerte, mientras una pluma joven se posó flotando sobre mi nariz.