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Reencuentros | Roberto Vega

Reencuentros | Roberto Vega

Recuerdo que tuve una sensación muy agradable al salir del coche. Después de varias semanas lloviendo, había salido el sol. Era uno de esos días de cielo despejado, en el que los estorninos no dejan de cantar, y algo en el ambiente parece gritar que la primavera ha llegado.

La floristería era del tamaño de un quiosco. Clavada en medio de la acera, siempre había pertenecido a Charo, una sexagenaria de pelo blanco, de piel morena y de uñas llenas de tierra. Al entrar, la campana que había sobre la puerta anunció mi llegada.

—Enseguida estoy —gritó Charo desde el otro lado del mostrador sin apartar la mirada del centro de flores que estaba preparando. Yo me quedé allí clavado, ¿qué otra cosa podía hacer? Levantó la mirada cuando comencé a estornudar—. Buenos días, Tomás.

—Hola, Charo.

—Espera, voy a quitar estas dalias de aquí, o te vas a ahogar.

—Sí, mejor. Gracias, Charo, esta alergia…

Colocó las flores sobre un estante, y cogió un ramo de rosas que ya tenía preparado.

—Aquí lo tienes: Chrysler Imperial, como le gustan a Milagros. Por cierto, ¿cómo está? Antes siempre se pasaba a hacerme una visita, pero hace mucho que no la veo. Ya tiene que ser muy mayor.

—Noventa y tres años. Desde que nos fuimos al pueblo, parece que la ciudad ya no es para ella; en fin…

—Pobre. Una mujer maravillosa, tu madre, y menos mal que te tiene a ti: hoy en día, no todos los hijos están dispuestos a cuidar de sus padres. 

—¿Cuánto es?

—Trescientas pesetas.

—Vaya… —me quedé mirando el billete de doscientas pesetas que tenía entre las manos. 

—Por ser tú, lo dejamos así.

Cogió el billete, le di las gracias, y salí. Una brisa con sabor a pradera me acarició la cara. Lo había pasado realmente mal en la tienda de Charo: entre la alergia, y hablar de mamá… pero ya me sentía mucho mejor. 

Me fijé en el cartel del bar de Manolo: no había cambiado. Tenía que hacer algunas gestiones, pero el pueblo estaba a menos de dos horas en coche, y pensé que todavía tenía tiempo. Me encontré a Manolo junto a la cafetera, con un trapo sobre el hombro, y el mandil repleto de manchurrones de grasa. Estaba solo.

—Hombre, Tomás, ya hacía tiempo que no te dejabas ver por aquí.

—Manolo.

Me senté en un taburete, apoyé los codos sobre la barra y esperé a que me sirviera un Veterano; le temblaba la mano. 

—¿Y ese ramo?

—Mi madre: es su cumpleaños.

—Ya tiene que ser mayor.

—Noventa y cinco.

—Pues le echaba alguno más.

Conocía a Manolo de toda la vida; desde que íbamos al colegio. No podía decir que éramos amigos, pero me caía bien, y yo sabía que él me tenía afecto. 

—¡Manolo! —la voz provenía del otro lado de la cortina que daba acceso a la cocina. Era su mujer. Manolo terminó de llenar la copa, dejó la botella sobre la barra, y me miró con las cejas arqueadas.

—Voy a ver.

Los oí discutir mientras apuraba la copa. Me serví otra, e hice lo propio. En la televisión daban «Curro Jiménez». La volví a llenar, y me la bebí. Manolo y su mujer seguían a lo suyo. Por fin, apareció con una cazuela de callos en la mano, con el entrecejo arrugado, y amasando una ristra de maldiciones con la lengua.

—Dime qué te debo.

—Nada, Tomás, a esta te invito yo, y a ver si te vemos un poco más el pelo, que desde que te volviste al pueblo…

Nos despedimos y caminé hasta la sucursal bancaria recordando viejos tiempos. Comprobé que el ingreso de la pensión de mamá se había hecho correctamente, y saqué algo de dinero.

El sol ya teñía de rojo las laderas que rodean la vereda cuando divisé las primeras casas del pueblo. Dejé el coche a la entrada del camposanto, caminé con el ramo entre las manos, y lo deposité sobre el panteón familiar. En una chapa oxidada podía leerse: 

«Milagros… fallecida a los noventa años… tu hijo Tomás que no te olvida».

Ya habían transcurrido nueve años desde entonces. Cómo pasa el tiempo.

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