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Ojalá nunca caiga nieve en Acapulgo

Iván López

Cierras los ojos para concentrarte e intentas moverte, pendejo, sí estás sepultado bajo kilos y kilos de nieve. Y la nieve te abraza, dejándote inmovilizado y apretujado. Que pinche frío hace, piensas. El aire es escaso, te cuesta respirar, ¿Cuánto tiempo te quedará? Diez, quince o a lo mucho veinte minutos. 

Tratas de recordar cómo llegaste ahí, un caprichito tuyo, no hiciste caso a las advertencias y decidiste esquiar de todos modos. Todo parecía ir bien, después un ensordecedor estruendo te hizo girar la cabeza, a unos ochenta metros de ti se levantaba una enorme y feroz nube blanca, ni siquiera hiciste el intento de escapar y te dejaste engullir por esa intangible bestia elemental. 

Ahora estás muriendo de frío. Los labios te arden, marchitados por la gélida prisión. Si tenías dudas, ahora ya estás seguro, no hay clima que se compare con el soporífero calor de Acapulco. Ay tú Acalpuquito, con su sol ardiente y sus playas de arena clara, con sus coquitos dulces y jugosos, sus olas intempestivas y acantilados escabrosos. Ay tú tierra donde naciste, quién te manda a salir de ahí, quién te manda a dejar Guerrero. 

Pero eran pobres, tú y tus hermanos y tu madrecita, no tenían nada, no tenían ni en dónde caerse muertos. ¿Y qué no te dolía? No se te encogía el corazón, tanto como la nieve te reduce las pulsaciones ahora, al ver a tu madrecita quejarse de las llagas en sus pies de tanto caminar por la arena ardiente mientras intentaba vender sus cachivaches para la playa. No fue esa hambre y esas ganas de comerse al mundo lo que te sacó adelante. Lo que te hizo primero un buen ayudante, luego un socio confiable, luego un emprendedor exitoso y por último un multimillonario en ascenso. Todo lo que conseguiste se lo debes a tu tierra que con penas y a la mala, y junto con tu madrecita, te hicieron el hombre que llegaste a ser. Uno que ya no eres, porque te alejaste del camino angosto pero correcto, la ambición te orilló al juego y dinero sucio, corrupción. Huiste a Suiza por tus chanchullos y terminaste congelado (igual que tus cuentas bancarias) en tu primera vez esquiando en los Alpes. 

Y pensar en Acapulco es pensar en ella, evocar su piel morena atestada de lunares, su pelo largo empapado por el agua salada del mar, sus pizpiretos y redondos ojos siempre arropados por esas pestañas caídas. La perfecta figura de Isabel era un recuerdo inherente a tus memorias acapulqueñas. 

Un rugido lejano te regresa a tu ataúd de nieve, ¿Qué escuchas?, controlas tus impulsos para no ilusionarte y haces bien, las probabilidades de rescate son nulas. El rugido se convierte en un rumor agradable, uno familiar, recuerdas entonces el vaivén rítmico de las olas, te sosiega. Te devuelve.

Su pie descalzo casi la traiciona, pero se apoya en tu hombro y todo queda en un susto, lo único que cae al vacío son unas piedrecillas desprendidas del acantilado, “ploc ploc” escuchas unos segundos después. Una ola enorme se estrella contra las rocas y algunas gotas logran salpicarlos. Entonces ella te pide que no te avientes, no hace falta demostrar tu hombría. El viento sopla sobre tu torso desnudo y humedecido por el agua salada. Te refresca la piel, no como la nieve que al instante su frialdad te quema. 

Sal, agua salada, los rayos de sol bronceando tu pecho, la arena en los bordes de tu piel, la frescura del viento y de un coquito, los besos salados de Isabel y su pelo húmedo, las huellas que dejan en la nieve, ¡no! ¿Cuál nieve? Sobre la arena, la arena blanda (Ojalá nunca caiga nieve en Acapulco, piensas estúpidamente), el vértigo de La quebrada lo eclipsa todo por un instante hasta que te lanzas, pero no tocas ni te clavas en el mar, levitas y te deshaces de todo peso, pareces nadar en el aire.

Dos hombres fornidos (después de cavar intensamente y a contrarreloj) te levantan como a una pluma, sientes el hocico de un perro cerca de tu oído, repugnante pero tibio. 

Te rescataron de milagro, dos minutos más y no la contabas, te lamentas, ya te hacías volviendo a las playas de Acapulco.

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