Necesito un banquito

Osbaldo Contreras

Ángel se mantuvo a la deriva un par de días; había naufragado. La balsa salvavidas se desinflaba, y lo obligaría a nadar en mar abierto. De pronto, observó una pequeña isla a la distancia. Desesperado, remó hasta allí. Al llegar, se dejó caer en tierra firme; la arena le proporcionó un poco de paz. Minutos después, el hambre y la sed lo hicieron levantarse; además, la piel le ardía. Volteó en todas direcciones; el mar se extendía hasta confundirse con el cielo en el horizonte. Estaba despejado: no había nada. Necesitaba explorar la isla: comenzaría por el litoral.

Trotó por la playa, manteniendo las olas a la derecha. Sorprendido descubrió flotando sobre el mar la bolsa de supervivencia; de inmediato se lanzó para alcanzarla. Parecía intacta, así que vertió el contenido en la arena. A toda prisa bebió una de las botellas de agua; tragó dos barras energéticas y un chocolate. Deseaba terminar las pocas provisiones que quedaban, pero se contuvo. Era recomendable racionarlas.

Tomó la bolsa, y continuó explorando. Siguió recorriendo la playa; tenía la esperanza de encontrarse con una persona que pudiera auxiliarlo, o tal vez con un grupo divirtiéndose en un yate. Pero no fue así: la isla estaba desierta. Unos veinte minutos más tarde, al dar la vuelta, se topó de nuevo con la balsa desinflada. Confirmó lo que ya sabía: estaba en una isla pequeña y redonda.

Ahora debía ir al centro de la isla. Desde la playa vio que se trataba de una densa área verde. Sobresalían del paisaje varias palmeras. No tenía idea a qué podría enfrentarse dentro de la vegetación, así que tomó la navaja de la bolsa. La fijó en un lado del remo, con cinta adhesiva para vendajes: le serviría de arma. Entre las plantas observó pocos insectos y un par de frutos desconocidos. Luego los probaría con precaución. Internarse fue lento. No había senderos ni caminos, y el suelo estaba cubierto de raíces resbalosas e irregulares. Al llegar a las palmeras, encontró que formaban un círculo amplio. Dentro de este, había una gruesa base plana de piedra, de unos tres metros de diámetro.

 

Pero eso no era lo más sorprendente: sobre dicha base, a la mitad y a pocos centímetros, flotaba un monolito, una enorme piedra cilíndrica, tal vez volcánica como la base. Ángel se quedó boquiabierto. Dejó caer el remo y la bolsa sobre las plantas. Intrigado y cauteloso, se acercó a la estructura vertical. Era muy ancha; no podría lograr abrazarla si quisiera y parecía del doble de su estatura. Decidió tocarla. De inmediato, miles de ideogramas luminosos aparecieron en la superficie. Para Ángel, eran ininteligibles, aunque maravillosos.

Alrededor del monolito, a la altura de la cadera de Ángel, se formó un aro de luz, tan grueso como una mano extendida y cubierto con símbolos también. Al tocarlo, este giró descendiendo un poco. Algo extraño ocurría al probar a distintas velocidades y alturas: la iluminación, en general, cambiaba. Ángel se quedó pensativo. El día se volvía noche en segundos. ¿Cómo era posible eso? Su reloj de pulso marcaba las diez de la mañana; en cambio; el firmamento indicaba que ya era de noche. Regresó el aro a su posición. La noche desapareció, y el sol volvió en sentido opuesto.

Repitió los giros a distintas alturas e intensidades. Asombrado, descubrió que el tiempo se aceleraba a mayor altura, haciéndolo en contra de las manecillas del reloj. Y retrocedía en sentido opuesto. También era más lento cercano a la base. Pero en ningún caso él era afectado por los cambios; debía ser porque se encontraba aislado sobre la base de piedra.

El descubrimiento era increíble: ¡podía controlar el tiempo a voluntad! Ahora necesitaba experimentarlo. Colocó el aro más alto que su cabeza e hizo retroceder el tiempo a mediana velocidad. Emocionado, brincó hacia las plantas. Al pisar raíces, resbaló. Se fue de forma violenta contra el piso, y cayó de frente. Adolorido, trató de levantarse. Maravillado, vio rejuvenecer sus manos: eso lo asustó. Debía regresar a la base. Con pasos rápidos avanzó, pero el pantalón casi lo derriba. De un salto llegó a la base. Se estiró para alcanzar el aro: ¡ya no lo alcanzó!