Morería

Enrique Gómez

Morería es una maraña de callejuelas malcaradas, trazadas por capricho, sin otro criterio aparente que evitar la perpendicularidad. Aquí, todo parece concebido para refugiar al fugitivo y extraviar a su perseguidor.

Los vecinos de Morería viven subyugados bajo los caprichos crueles del destino. Para ellos, el destino llegará, o ya ha llegado, con el capacho lleno de males y miserias. Si eres marinero, él dispondrá si volverás a puerto; si obrero, te atará al albedrío del amo; si pescador, decidirá cuando entran peces en tus redes. ¡El destino! Ha sido así desde que los cristianos conquistaron Lisboa y expulsaron a los moros del barrio vecino de Alfama para confinarlos aquí. Desde entonces, Morería es un destino en sí mismo, donde se vive atrapado en la existencia que te ha tocado por suerte (por mala suerte).

Con el alba, los vecinos descienden por las calles, barruntando la certeza de un mal día, otro más. Desharán el camino al anochecer, subiendo las cuestas y escaleras hasta llegar a sus casas, cansados después de muchas horas de tajo, con apenas lo suficiente para alimentar a sus hijos. Pronto, esos niños, abandonarán los correteos callejeros y seguirán el mismo destino que sus padres. ¡Siempre el destino! Irremediable y trágico, escrito para los vecinos desde el momento que fueron concebidos. 

Las más madrugadoras son las varinas: mujeres descalzas, con cestos grandes, de mimbre, sobre sus cabezas. Las hay que van a los muelles a llenar de peces sus canastos; otras irán a los huertos a proveerse de todo lo que puedan vender: pollos vivos, naranjas y limones, hortalizas… Después, se adentrarán en la ciudad para colocar su género. Para hacerse notar, las varinas cantan. La música, que por la noche se recluye en los burdeles de Morería, durante el día baja a inundar las calles de todo Lisboa.

Tras las varinas, sigue el desfile de hombres bajando a trabajar a oficinas, comercios o talleres. Se cruzan con pescadores que vuelven, ojerosos, de humor variable, según se haya dado la faena.

Durante el día, las calles de Morería se llenan con la bulla de los niños. Las mujeres tienden en las fachadas, bajan al mercado a comprar o cargan ropa (yendo o volviendo de los lavaderos del Tajo). No faltan marineros ociosos, a la espera del próximo embarque. Aprovechan los pocos días del año que pasan en tierra, para emborracharse en las tabernas, preñar a sus mujeres y conocer al último chiquillo nacido, si es que sobrevivió lo suficiente para que el padre pudiera llegar a verlo.

La noche y su madrugada son la cara más canalla del barrio. Cuando la oscuridad ha retirado de las calles a la gente decente, acuden a Morería desde hombres a pie, remontando las pendientes bajo el peso de rabias y tristezas, hasta coches cerrados por cortinas, con escolta de lacayos, donde viajan burgueses y aristócratas con apetito de aquello que no encuentran, ni aun permitirían, en sus lechos conyugales.

Apartados ricos de plebeyos, los pobres tienen prohibido el paso a los «reservados» de la élite. Los ricos, con derecho a hacer lo que quisieran, no se atreverían nunca a salir de sus reductos, por miedo a la asfixia que les provocaría el hedor emanado del rencor y el sufrimiento.

En la zona exclusiva se disfruta con insolencia. En la otra, se maldice, se conjura y se llora; a la vez que se entonan versos tristes cantados desde la saudade, cuando el vino y el aguardiente han atontado las cabezas, soltado las lenguas y lubricado los goznes de las gruesas compuertas que reprimen sentimientos.

Las cortesanas viejas quedan con los parroquianos de albarcas de cáñamo. Las muchachas se reservan para los clientes con botines charolados. En la parte noble sólo cantan las mujeres, alternando letras de amores rotos con sones de farra; en la villana cantan todos, hombres y mujeres, muchas veces con canciones que protestan y sueñan con un futuro sin amos, ni Dios, ni rey.

Cada noche, en los lupanares de Morería, se oficia una eucaristía con el destino (al que los latinos bautizaron como fatum), en cuyo honor, los lisboetas crearon las plegarias más bellas, a las que llaman fado.