Roy Carvajal

Molécula de Dios

En la cabaña del chamán, nos acomodamos en colchonetas extendidas sobre el piso de madera. Una pareja de poetas y un grupo de filósofos preparándose para un viaje trascendental, mientras que yo luchaba contra mi alcoholismo de pintor bohemio. Cardenales en los antebrazos. Ojos morados. Intentos de suicidio. Toqué fondo, como dicen los que dicen que saben.

Oscureció y el piar de aves regresando a sus nidos, me hizo pensar que sería yo quien regresaría donde mis ancestros. Comprobaría la historia del arte aprendida durante mi instrucción artística. El panteón de los dioses mostraría mi realidad. Podría verme salido del cuerpo, caminando ebrio. Eso me contaron los presentes, lo que pasaba durante el trance. Por eso los adictos asistíamos a rituales para sanarnos. 

El chamán se sentó frente a una mesa improvisada con una caja. La cubrió con una tela bordada con símbolos indígenas. Apagó las luces. Cesó la tertulia. Encendió una vela en la penumbra. Su cabello largo, lacio y negro, lucía anaranjado enmarcando su cara de piel curtida. El sol en una vela. Sabiduría en un cuerpo efímero. Solicitó que nos recostáramos en las colchonetas y que pusiéramos las bacinicas cerca. Para vomitar. Para sacar el pasado. Me recosté en la mía. Apenas se veían, ubicadas como puntas de estrella alrededor de él.

Inició la ceremonia prendiendo un habano. De debajo de la mesita sacó un garrafón y fue llenando un cuenco. Se puso de pie.

—¿Quién inicia? —preguntó girando alrededor, portando en una mano el cigarro y en otra el cuenco lleno de brebaje oscuro.

Nadie hizo alarde de superioridad.

—¡Tú! —rugió señalándome y poniéndose el cigarro en la boca.

Con el índice empujó mi frente e incrustó el cuenco entre mis dientes. Mi lengua hizo contacto con el bebedizo. Amargo como salvia. Espeso como endulzado con fango. La molécula de Dios. Tragué y me acosté. Mi estómago comenzó a hervir en sus ácidos. 

Hizo lo mismo con los demás, ya dosificados, apagó la vela. Entonó sonidos guturales que acompañaba con el chasquido de ramas secas. Los cánticos se entremezclaban en la oscuridad con las regurgitaciones. Me aferré a mi bacinica. Arrojé mi contenido gástrico unas cuatro veces. Demonios introducían sus garras por mi esófago. Atravesaban mi intestino halándome del esfínter para vaciar mi cuerpo. Pero los retorcijones disminuyeron. Me acosté boca arriba.

El techo trasmutó en tetraedros multicolores que se presentaban, no en mis ojos, sino en mi mente. 

—¡El color no existe!… ¡pero lo toco! —grité, sintiendo mis manos palpando el aire. 

Atravesé un caleidoscopio. Llegó un momento de paz repentina. Me sentí liviano. ¿Había muerto? Era alma pura y consciente. 

El amanecer iluminó la cabaña. Mi alma traspasó el techo y miré acostado al cielo acercarse. Despegué miles de kilómetros hacia la estratosfera. Traspasé las nubes. Mi cuerpo se hizo tan gigante como un planeta y brinqué sobre la luna, sobre Marte y Júpiter… luego hice un salto suicida desde Neptuno. 

El Universo oscuro se volvió azul eléctrico, pleno de cuásares y neutrones. Mientras me hundía en el vacío, nebulosas formaron el cuerpo índigo de Krishna. 

Tan inmenso como yo. 

Me dio un abrazo afectuoso, igual que el de dos amigos.

—¡Te amo! —atiné a decir confiado, como si yo también fuese un dios del Universo.

Su rostro complaciente se dividió en cuatro caras. A la cara de Krishna se sumó la de Buda, la de Jesús y la de Viracocha. Percibí el Amor, como no lo podría describir jamás en la Tierra. 

Los intestinos comenzaron a halar. Atados a mi estómago, tiraban de mi alma. Miré acercarse de forma vertiginosa el techo de la cabaña y aterricé. 

Mis compañeros de viaje me miraban atónitos, de pie alrededor de mi colchoneta. Sus caras iluminadas por el sol de medio día. El chamán se inclinó donde yo continuaba recostado. Me dijo complacido:

—Tenemos horas de esperarte, amigo… todos salieron del trance en la madrugada. Creímos que no volverías.

Jamás. En realidad no volvería nunca jamás a este cuerpo viejo y pesado. Quizá en otro viaje. Pero no quise delatarme. Aun estaba en trance. Entonces le miré a los ojos y con el ceño fruncido le dije:

—Amigo, ¿por qué tienes cuatro caras?

Todos estallaron en risas y yo también.