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Mentes felices | Ángela Castrillón

Mentes felices | Ángela Castrillón

—Buenas tardes. Bienvenida a Mentes Felices. ¿En qué le puedo colaborar?

—Buenas tardes. Lo que sucede es que por cuestiones burocráticas me perdí la ceremonia de  grado de mi especialización. Entonces, deseo que me creen este recuerdo. Yo tengo  contratado el servicio de eliminación de recuerdos, pero creo que, tal vez, me podrían brindar este en vez de ese. No sé si tiene el mismo precio… uno menor o uno superior. El caso es  que, si cuesta más, estoy dispuesta a asumir la diferencia.

—Entiendo. ¿Cuál es su número de documento?

—Veinticuatro…

—¿Lina Cossio?

—Sí.

—Me aparece en el sistema que, efectivamente, usted tenía contratado con nosotros el  servicio de eliminación de recuerdos. Sin embargo, hace tres meses fue redimido por el señor  Cristian Rodríguez.

—¿Cómo?

—¿Conoce usted al señor Cristian Rodríguez?

—Sí, fuimos pareja. ¿Para acceder a ese servicio él no necesitaba una autorización mía? —Aquí nos la presentó. —Gira la pantalla del computador para que observes el documento  escaneado—. Mire su firma.

—Sí, es la mía; pero yo jamás firmé ese documento.

—¿Segura?

—Sí, nunca cedería este servicio, y menos a él. Debió falsificarlo.

—Probablemente. El caso es que el servicio aparece prestado. Si desea, puedo llamar a un  asesor para que le explique los servicios que ofrecemos.

—¿Me puede informar a qué tipo de eliminación de recuerdos accedió Cristian? —Eliminación de recuerdos con una persona.

—¿Con quién? 

—Esa información es confidencial.

—No sea mala, colabóreme. Seguramente, podemos llegar a un acuerdo. —Sacas tu  billetera.

—El señor Cristian pidió que le elimináramos recuerdos con usted.

—¿Conmigo?

—Sí, eliminación de recuerdos al noventa por ciento con Lina Cossio. —¿Me dice que fue hace tres meses?

—Sí, el doce de agosto.—Sientes una puñalada en el pecho—. ¿Le llamo al asesor? Tomas la billetera, sacas un billete y lo doblas entre tu mano.

—No, muchas gracias. —Le das la mano a la muchacha y le pasas el dinero. —Recuerde que siempre tenemos planes para crear, cambiar y eliminar recuerdos. —Gracias.

Sales del consultorio y te diriges a una de las bancas del parque del frente. El dolor en el pecho empieza a expandirse. Ahora está claro: él te sacó de tu vida. Con “Eliminación de  recuerdos al noventa por ciento”, pasaste a ser una conocida. No puedes evitar las lágrimas  salir.

El veinte de agosto fue tu cumpleaños, y él para nada se manifestó ese día. Te parecía  increíble que ni un mensaje. Después, cuando le reclamaste, dijo que no sabía y que esperaba  que hubieses pasado un lindo día. Parecía hasta creíble el desgraciado… ¡Obvio!, ¡apenas te  recordaba! Después, te pusiste patética y le preguntaste si no te extrañaba. Le recordaste el  matrimonio en Turquía, el viaje a Italia… Parecía extrañado: era claro no tenía guardado nada.

Le reclamaste por el amor que había jurado tenerte para siempre. Le preguntaste si aún existía  algo de este, y te dijo que lo sentía, pero que no. Las lágrimas se vieron acompañadas de un  quejido.

El maldito te había olvidado, y lo peor era que tú habías pagado también por eso. Confirmaste  tus sospechas: ahora no había nada que hacer por recuperar esa relación. El tenue destello  que salía de sus ojos cuando le suplicabas con volver ya no existía: había desaparecido.

Pensaste en hacer lo mismo: eliminar los recuerdos con él, y no a un noventa por ciento, sino  a un cien por ciento. Sin embargo, el que te haya sacado prácticamente de su vida y con tu  dinero te daba coraje. No, no ibas a eliminar sus recuerdos. Ibas a utilizar esa rabia para  llevarlo a la cárcel, adonde había jurado jamás volver. Lo demandarías por robo, falsedad en  documentos, violencia intrafamiliar, abandono de hogar, o a lo que hubiera lugar. Se verían  en la corte.

Te limpias la nariz con firmeza. Sacas el espejo del bolso y reflejas tus ojos en este; los secas. Afortunadamente, la pestañina no se corrió. Te levantas de la banca, asumes una posición  erguida, respiras profundamente (el aire te da fuerza) y sonríes pícaramente. Sacas el celular  del bolso y marcas el número telefónico de Martínez:

—Abogado. ¿Cuándo cree que nos podamos reunir?, tengo un asunto urgente…

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