Lucas

Guillermo Arquillos

Aquel día, Alex estaba muy contento. Casi no había podido dormir en toda la noche y hasta sentía, a ratos, unos escalofríos que le salían del estómago y recorrían su cuerpo. Era emocionante pensar que, por fin, podría presentar a Lucas a sus amigos del barrio: desde hacía siglos había querido hacerlo. ¿Puede haber en el mundo una alegría mayor para un chaval de doce años?

Andrés y Berta, los amigos de sus padres, habían tenido que irse a Salamanca porque Carlos, el hijo universitario, se había caído y estaba en el hospital con un brazo roto. No era grave, pero necesitaba pasar por quirófano para ponerle unos clavos. A Manuel, que solo tenía cinco años, lo habían llevado a casa de la abuela y a Lucas lo habían dejado con la familia de Alex, que era donde iba a estar más a gusto. 

Andrés y Berta pasaron muy tarde por la casa de Alex, y ya no era hora para salir con los amigos y darse una vuelta con Lucas, de modo que quedaron para el día siguiente, que era sábado. Entonces se conocerían.

Alex se levantó un poco más temprano de lo que solía; desayunó cualquier cosa, y le dijo a Lucas que se iban al parque. Quería llegar pronto para esperar a los amigos. Iban a estar toda la mañana jugando a lo que se les ocurriera. ¡Se lo iban a pasar fenómeno!

Enrique, el padre de Alex, estaba recién levantado, haciéndose el desayuno.

Una llamada de teléfono. «Pero, ¡si es Alex! —pensó preocupado— ¡Si acaba de irse…!».

—¡Papá! —gritó Alex a través del auricular—. ¡Baja, por favor, papá! Estoy en la puerta.

Se lo notaba muy nervioso. Estaba llorando.

—¿Qué ha pasado, Alex? —preguntó Enrique, alarmado.

—¡Un coche ha atropellado a Lucas! —respondió el chaval—. ¡Ha sido horrible! ¡Está muriéndose, y los del coche ni se han parado!

Había unas pocas personas alrededor de Lucas, que estaba tumbado en el asfalto. Alex se abrazó a su padre y, entre lágrimas, le explicó que su amigo se había adelantado para cruzar y que un coche blanco lo había golpeado. El vehículo le había pasado por encima a Lucas. ¡Había sido horroroso!

***

En la clínica, la enfermera explicó que Lucas estaba muy mal.  Lo habían sedado porque el dolor era insoportable. Estaba segura de que no iba a morir: era muy fuerte. Sin embargo, era muy improbable que pudieran hacer gran cosa con sus caderas: necesitaría muchísimo tiempo para recuperarse porque parecía que el coche se las había aplastado. Las tenía destrozadas. Más adelante, informarían con más detenimiento. Había que esperar.

Enrique, armándose de valor, llamó a Andrés. Fue un mal rato para el padre de Alex. Oyó a Berta llorando cuando Andrés le repitió lo que había sucedido. De todas formas, los amigos le dijeron que confiaban plenamente en aquella clínica y en lo que decidiera Enrique. Que le podía haber pasado también a ellos porque Lucas era muy independiente y hacía lo que le daba la gana. Había sido algo inevitable. 

Una hora.

Dos horas.

Tres horas sin tener noticias. Parecía que en aquella clínica, todos se habían olvidado de ellos.

Enrique y Alex estaban en la sala de espera. El muchacho se sentía responsable de lo que había ocurrido. Casi todo el tiempo lo pasaba andando de un lado a otro. A veces se sentaba, con la mirada perdida, sin saber qué decir.

Por fin, volvió a salir la enfermera. 

—Las radiografías confirman que Lucas tiene las caderas rotas, trituradas —les informó con voz muy seria.

—¿Tardará mucho en volverse a mover? —preguntó Alex.

—Lamento decirles que, si se recupera, tardará muchísimo tiempo. No tiene operación —respondió ella—. Si ustedes nos autorizan, tendremos que diseñar y colocarle una prótesis externa. Una personalizada.

—¿Una prótesis? –preguntó Enrique.

—Sí. Una prótesis le facilitará la vida —aseguró—. En algunos casos parecidos, la familia no ha querido verlo inválido tanto tiempo y hemos tenido que aplicar la eutanasia.

«¡Qué crueldad! —pensó Alex, escandalizado—. ¡Sí! Una prótesis de ruedas será lo mejor hasta que se recupere».

A lo lejos, dentro de la clínica, se oía ladrar a Lucas. Los demás perros esperaban en silencio a que la enfermera volviera a entrar para ayudar al veterinario.