Los mayores oyen sin escuchar

Iñaki Rangil

Me llamo Rosa, tengo nueve años y estoy en cuarto de primaria. En el recreo lo pasamos requetechupi, regresamos a clase con pereza. Hoy la he debido liar buena. Todavía no sé qué he hecho porque nadie me explica nada. 

Cuando más nos divertíamos en el recreo, mi maestra Flori se ha acercado, me ha apartado del grupo y me ha preguntado a ver si sabía qué estaba haciendo. Yo, por supuesto, le he dicho que jugar con los compañeros y compañeras del aula. Ella ha vuelto a insistir, no he sabido qué responder. Me ha hecho acompañarla al despacho de la directora. Me ha señalado la silla en la que estoy ahora sentada y ha entrado. Han estado hablando un rato, después me han llamado. La señorita Flori y yo nos hemos sentado delante de doña Paula y me ha vuelto a preguntar lo mismo que mi maestra. He repetido la respuesta. Entonces ha llamado a mis padres delante de mí. Papá se habrá enfadado mucho, siempre me dice que las maestras llevan la razón, que las escuche y aprenda de ellas. Después es cuando me ha dicho que los esperara fuera sentada y formal. Se han quedado hablando las dos un poco más. Al ratito ha salido mi señorita, me ha acariciado la cabeza y se ha ido, no antes de repetir que estuviese tranquila, no revolviese nada y esperara la llegada de  mis papás.

Doña Paula se asomó del despacho y, con mucha dulzura, me preguntó a ver por qué le había pedido aquello a Luisito. No entendía aquella pregunta, porque iba a ser, yo quería ser feliz. Además, me parecía de lo más normal, en todos los sitios se escuchaba que la felicidad había que ganarla, que sin sacrificio no se lograba, pues yo estaba dispuesta a todo. No me escuchó los razonamientos que le intenté dar, pero prometo que insistí. Ella reiteraba continuamente su “¿cómo se te ocurre?”. Al final, se volvió a meter dentro un poco acalorada.

Por fin aparecieron papa y mama juntos, venían apurados. Creo que la cosa era más gorda de lo que pensaba por la cara que traían. Me dieron muchos besos, me acariciaron y me preguntaron, ellos también, a ver qué había pasado. Les respondí lo que sabía, les dije que visto el asunto había debido ser muy serio, extraordinario, pero que yo lo desconocía. La directora les hizo pasar. Estuvieron mucho rato hablando adentro. De vez en cuando les oía dar voces que enseguida pasaban a ser murmullos. No me enteraba de nada, a pesar de que pegué la oreja a la puerta.

Después salió papá con la cara muy colorada, parecía muy enfadado, aunque no me gritó. Me dijo que pasara, que las cosas se tenían que explicar de una vez por todas. A mamá se le escapaban las lágrimas. Me sonrió, me echó un beso al aire. Papá me dijo que no me iba a pasar nada, solo tenía que decir la verdad. Entonces, doña Paula me preguntó si papá le hacía daño a mamá. Le respondí que sí, claro, ¿acaso no veía lo felices que son? Sus caras se enrojecieron y la directora le dijo a papá que si se daba cuenta mi actitud debido a lo que veía, lo está imitando, cree que lo normal es lo que ve en casa. Yo no entendía nada. Mamá se acercó, me quitó el pelo de la cara y me pidió que contase cuándo y cómo veía que papá le hacía daño a ella. Les conté que nunca lo había visto, pero que casi todas las noches lo escuchaba, mi padre le decía algo así como “te voy a dar…” acompañado de una palabrota muy fea. Luego se oían ruidos y golpes en la cama. Mamá le contestaba con un “eso dame más… me haces muy feliz” y luego chillaba entre jadeos. Los veo contentos cada día, besuqueándose por todos los rincones de casa. Así que por eso le pedí a Luisito que me pegara, yo también quería ser feliz,.

Mamá y papá se miraron, menuda carcajada les dio, doña Paula miró al techo con la cara roja. No hay quien entienda a los mayores.