Mirtha Briñez

Los libros sagrados

Mientras era conducido a una muerte segura, en su mente elevaba una plegaria al Creador para resistir sin develar el secreto…

Desde la ventanilla del avión podía observar la atmósfera limpia y la extensión de los bosques, que se habían multiplicado. Pero eso no justificaba el exterminio de gran parte de la población. Al fin podría observar cómo era el nuevo mundo: el “Nuevo Orden” como ellos lo llamaban.

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Cincuenta años atrás, el planeta era un caos: guerras fratricidas, epidemias, hambrunas, países pobres arrasados y desesperanza. Todos los males provocados y financiados por unas elites poderosas que dominaban la economía, la política, y hasta la religión; su único propósito: establecer una plutocracia.

Fue a comienzo de este gobierno cuando la antigua y casi extinta Orden a la que pertenecía José lo eligió para resguardar los libros sagrados. Él trabajaba para ese momento en una compañía aeroespacial. Su dueño (quien no comulgaba con el Nuevo Orden) se prestó para salvar los libros. Días después,  desapareció de forma misteriosa.

José huyó con las copias de los textos y se escondió en un recóndito lugar de la Selva Amazónica: su cabeza tenía precio. En un mundo donde la desesperanza reinaba, las religiones fueron abolidas; el nombre de Dios fue prohibido; el mencionarlo por cualquiera de los nombres conocidos significaba la muerte.

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Tanto tiempo de estar cuidándose en especial cuando se comunicaba con los pocos sobrevivientes de la Orden… Mantenían conversaciones cortas, camuflando las direcciones IP. “Habían tardado en dar conmigo. ¿Cómo no me di cuenta? El delator siempre está cerca. Pronto acabarán con nosotros”, cavilaba mientras miraba la pista de aterrizaje. 

Lo impresionó el resplandor de las instalaciones, de colores neutros e impecables, predominaban los cristales y el acero. El recinto estaba rodeado de grandes maceteros con flores de temporada. Se notaba el buen gusto. 

Las personas se desplazaban como si no tocaran el suelo; iban cubiertos con un vestido cónico largo e idéntico, salvo en los colores que parecían identificar a las clases. Los hombres llevaban un ridículo peinado que le recordó a los antiguos cruzados; las mujeres lucían el cabello recogido en la coronilla y dividido en tres chongos como albóndigas, a manera de torre. Algunos hombres llevaban un extraño tocado en forma de triángulo que cubría hasta la mitad de la frente y del mismo color del atuendo. La raza blanca predominaba.

La belleza de la ciudad lo había deslumbrado, al igual que los avances en las vías de comunicación. Era la primera vez que andaba en un vehículo que podía desplazarse por el aire. Al llegar a su destino, los robots que lo habían conducido lo entregaron, junto con las copias, a cuatro humanos, que lo rodearon. Abordaron una especie de funicular, que lo llevó a las entrañas del edificio, un bunker, quizás.

Al llegar fue conducido a una sala de reuniones, donde una pantalla gigante ocupaba el fondo de la sala. La mesa ovalada estaba presidida por una mujer asiática vestida de rojo. Todos portaban el tocado triangular, de distintos colores, aunque predominaban el blanco y el negro. Pudo identificar a varios de ellos: la mayoría había pertenecido a algún culto del pasado.

Uno a uno expusieron las razones por las cuales debía entregarles los libros originales.  Examinaron las copias; la mujer que presidía la reunión, a través de un botón abrió la puerta. Entro un robot portando una pequeña hoguera. Con la aprobación de todos, los libros desaparecieron de entre las llamas. 

José se negó a revelar el lugar donde se hallaban los originales. Los humanos abandonaron la sala, y los robots lo escoltaron a su último destino. Pasados escasos días, José, extenuado por las torturas, expiró.  Los libros estaban a salvo; los seres que los habían traído la primera vez, lo volverían a hacer.  ¿El Creador lo había escuchado?…