Ana Fortuny

Levine Z15

En el siglo XXII tener ginoides era algo común en la Tierra.  Se las empleaba en el servicio doméstico, en operaciones quirúrgicas, como damas de compañía y para muchos otros menesteres.  En la ciudad donde yo vivía había una ginoide famosa por su textura, por ser lo más cercano a una mujer que la tecnología había logrado fabricar.  La nombraron Levine Z15, y era el premio mayor de la lotería.  Habían transformado ese juego de azar completamente.  Sólo podían participar los hombres, y no se sorteaba dinero, sino tiempo de calidad con Levine.  24 horas, específicamente.  

Ningún hombre había logrado aún “despertar” a Levine, es decir, encenderla.  Para ello se necesitaba una llave.  ¿Pero dónde se encontraba esa llave?  En el centro de la Arena Dome, donde colocaron un promontorio, una montaña de ellas, todas diferentes, pequeñas, grandes, antiguas, de bronce, de acero, miles y miles de llaves en una maraña.  La entrada costaba 1000 jifels, una fuerte suma, como ustedes saben.  Los jugadores entraban ordenados en una fila interminable. Cuando llegaban al promontorio podían hurgar en el centro, en la cima, en cualquier lugar, pero solo podían tomar una llave. Con ella podían dirigirse a la carpa blanca donde se encontraba Levine en una superficie, una especie de cama de cemento frío y brillante.  

En cinco años que llevaba la nueva lotería funcionando, nadie lo había logrado. Yo imaginé que debía haber un truco, tal vez ninguna de las llaves abría la cerradura, o tal vez Levine estaba muerta, es decir que sus circuitos no funcionaban.  La cerradura se encontraba en el lugar que debía ocupar el ombligo en una mujer.  Cuando un hombre llegaba a la carpa, esta se cerraba completamente. Le concedían un minuto para probar la llave.  Si no funcionaba, debía abandonar la arena, en silencio. Y así salían, cabizbajos, uno tras otro.  Transmitían el evento en vivo y podía verse en casa o en las pantallas gigantes. 

Me propuse ser el ganador.  He aquí cómo lo logré:

Compré mi entrada y me dirigí, siguiendo la fila de jóvenes, viejos y no tan viejos, a la montaña de llaves. Cuando fue mi turno, metí el brazo hasta el centro, en lo más profundo del promontorio. Saqué mi llave, una llave cualquiera, a la que ni siquiera puse atención, pero que era requisito para entrar a la carpa.  Una vez allí, con la carpa cerrada, dejé la llave sobre el cemento y saqué de mi bolsillo una pluma de cardenal.  Era una pluma roja, hermosa y flexible.  La introduje despacio en el ombligo de Levine, como si le hiciera cosquillas.  De inmediato pude oír el estruendo de fuegos pirotécnicos, y a través de la carpa se coló el brillo de luces multicolores. Afuera había una fiesta, una auténtica fiesta, que era la confirmación del despertar de Levine.  De alguna forma, sus circuitos activos accionaron la pirotecnia. 

Levine abrió los ojos. ¿Cómo lo lograste?, me preguntó.  Le enseñé la pluma. También tengo de colibríes, y de pavorreales, pero te las mostraré en otra ocasión, le dije.  Lo que pasó en esas 24 horas no puedo contarlo. Sólo puedo decir que volví a la arena en varias ocasiones, las únicas en las que Levine  “despertó”.