Las heridas de cupido

Iñaki Rangil

José Luis Bergantiños

Desde hace algún tiempo que busco a alguien, pero no soy capaz de encontrar. No se diga que es porque no pongo empeño, ni tampoco que se esté escondiendo ella, digo yo, pero todavía me queda por averiguar dónde está. Quizás la estrategia no es la adecuada. “¡Total… para lo que me va a servir…!”, pienso a modo de justificación, ya que mis esfuerzos no fructifican.

La vi por primera vez en aquel viaje que me tocó en un sorteo para ir a las islas griegas. Ella también hizo aquel tour. Pronto hará tres años de aquello. Desde entonces me tiene completamente enamorado. Loco por sus huesos, peor que el más pavo de los adolescentes. No se me va de la cabeza; anhelo rememorarla en cada momento. 

Después de ese primer día, no he vuelto a verla, salvo en las fotos que le pude hacer, aprovechando aquella sonrisa con la que se explayaba en presencia de aquellos títeres que, por cierto, a mí no me hicieron gracia alguna.

Sólo he tenido éxito con una persona a la que no quise ni querría nunca. ¡Qué arrojo tuvo! Pero se trataba de un amor imposible… era un hombre. Tampoco podría mirar a alguien que no fuese mi Edelmira.

Cupido

Desde luego, la situación tiene su gracia. Les llevo lanzando flechas desde hace varios años, pero el único que las recibe es un inepto. José Luis ni tiene arte, ni iniciativa, es torpe en todo. Vamos… le hace falta un milagro, además de mis esfuerzos. 

A Edelmira le rebotan todas las saetas que le lanzo cuando José Luis está cerca; no hay manera,  En una ocasión, estuve a punto, pero se cruzó el lechero. Menudo follón se montó. De repente, el perjudicado salió del armario y le dijo a su mujer que era gay, que estaba enamorado de otro, o sea de quien se suponía que debía hacerlo Edelmira, pero que no le correspondía. Qué emperrado se puso con José Luis, y lo que le costó que se convenciera de que con él no tendría nada nunca, que era una dama la que lo traía por la calle de la amargura. Lo tuvo que aceptar; no le quedó otra al lechero. Se lo contó a su mujer justo antes de que lo solucionase.

En fin, no hay nada que otros disparos con el arco no arreglen. Sí, ya sé que es tildar de optimista tal afirmación, justo después de lo que sucedió, pero es que eso es la excepción: lo normal es que funcione bien a la primera. Por lo menos, si la flecha resulta certera. Dos flechazos me costaron arreglar lo del lechero y su mujer, nuevamente uno a cada uno de ellos.

Edelmira Rebollón

Todo el día te llevo detrás; lo que cuesta evitarte… Menos mal que no eres muy ducho en la discreción y se te intuye de lejos: tiempo suficiente para desaparecer de tu vista. No aflojas en tu tesón. Eso es loable en cualquier persona; sin embargo, me causas hastío. Pareces no comprender el nulo interés que te demuestro en dejar que me localices. 

Hace unos años la casualidad hizo que coincidiésemos en un viaje por las islas griegas. Ya entonces presentaste abierto interés hacía mí, sin embargo, no fuiste capaz de darte cuenta de qué es un rechazo. De hecho, quise evitar  cualquier encuentro casual contigo para que no te hicieses ilusiones. Lo que me pude reír viendo aquellos títeres, que no entendía, pero tu cara de perplejidad era todo un poema.

Desde entonces te rehúyo, aunque has estado muy cerca en unas cuantas ocasiones. Muchas veces me pincha un deseo hasta que te veo cerca, entonces, simplemente huyo. Recuerdo aquella vez que un lechero se te abrazó pidiendo que lo besaras; esa sí que estuvo muy cerca.

Ahora quisiera dejároslo bien claro. Ni tú, ni el del arco tenéis nada que rascar. Vamos, que no quiero nada contigo, que te quede claro. Yo soy capaz de dar la vida es por mi amada Julieta, con quien hace ya un lustro que vivo en un valle de rosas. Todos los días son una delicia junto a ella, y no los cambiaría por nada.