La voz

Graciela Figueroa

Ahí estaba otra vez, sobria, pausada, con una cadencia que lograba captar toda mi atención.

 

—¡Ya es momento, hemos hablado mucho de esto! ¿No me digas que aún lo sigues pensando? Debes hacerlo ahora, no vas a encontrar una mejor oportunidad. Ahí está, tan cerca, seguro que no tendrás una mejor ocasión para hacerlo.

 

Faltaban cinco minutos para las diez de la noche. La calle de Los Encinos lucía solitaria, algunas de las luces amarillas de las luminarias no funcionaban y eso hacía que la luna llena iluminara la noche y en el asfalto se manifestara su reflejo. El aire corría y en él se percibía ese aroma que advierte una tormenta, y se escuchaba el sonido de las ramas de los árboles danzando al mismo compás; ahí estaba ella, sola, a la espera del taxi de aplicación que la llevaría a su destino, ese del que hoy no regresaría.

 

—Ahora, ¿Qué esperas?

 

Esa voz se hacía presente cada vez con más fuerza, imperativa, nuevamente diciéndome qué hacer; sin darme tregua. Volvía cada vez que me sentía solo. Y aunque he tratado de descifrar de dónde proviene, nunca lo he logrado. Siempre llega en el momento menos esperado. Parecería que está al acecho, esperando el momento apropiado para apoderarse de mi atención.

 

No estoy muy seguro de cuándo empezó todo, ni cuáles fueron esas primeras palabras que al principio me llenaron de sorpresa y sobresalto. Nunca es fácil identificar cuándo y cómo es que esas cosas suceden, no se tiene una pluma y una hoja para anotar el momento exacto, y mucho menos pensar en registrarlo, sólo sucede cada vez con más frecuencia, hasta que se convierte en la compañera incómoda.

 

—¡Deja de perder tiempo, comienzas a exasperarme! Lo único que tienes que hacer es sorprenderla, nunca se dará cuenta, está de espaldas. Sabes que ella es la indicada. Anda ya, cobarde.

 

Y ahí estaba, paralizado y sintiendo cómo el tiempo transcurría lentamente, con esa sensación de que un minuto se vuelve una hora. Tenía que tomar la decisión. Saqué de la bolsa de mi abrigo el frasco con cloroformo, lo sujeté con fuerza y lo abrí lo más rápido que mis temblorosas manos lo permitieron. Un sudor frío me recorría el cuerpo, escuchaba mi respiración agitada, mientras veía como la toalla blanca se humedecía con ese líquido transparente y de aroma dulzón.

 

Como un tigre agazapado me acerqué sigilosamente y con un rápido movimiento la sujeté por el cuello y sin darle oportunidad de reaccionar, coloqué la toalla en su nariz y boca, apretando con fuerza sin permitirle que pudiera gritar para pedir ayuda; pero con la delicadeza necesaria para que el cloroformo hiciera su trabajo. La tomé entre mis brazos y de inmediato la llevé al auto que estaba estacionado del otro lado de la calle. Abrí la puerta y con mucho cuidado para no golpear su cabeza, la recosté en el asiento trasero y, de inmediato corrí al otro lado para encender el auto y llevarla conmigo. Estaba hecho.

 

Muy bien, lo hiciste muy bien, mejor de lo que esperaba. Ves que no fue tan difícil. Ahora, llevémosla a casa y empecemos el juego.