La venganza de la mosca | Eugenio Rodríguez
Después de horas conduciendo, Alicia necesitaba un descanso. Se detuvo para comer en el área de servicio de Despeñaperros, a una hora de su destino. El aparcamiento estaba lleno, como el restaurante. Pero el ambiente en el comedor era agradable, coloreado con la luz cálida del sur, el acento familiar de los clientes, y los olores típicos de la cocina mediterránea. El jefe de sala le ofreció una mesa en un rincón discreto y acogedor, donde dio cuenta del menú del día sin mayor molestia que el revoloteo de una mosca impertinente.
El insecto acudió antes incluso de hacer presencia la comida, atraído por el suave olor a mandarina que desprendía la piel de Alicia; luego se quedó hasta el final, seducido por los aromas del pan caliente, los lomos de bacalao confitado, la carne en salsa de ciruelas con almendras y la tarta de queso coronada de mermelada con frutos rojos y miel.
Alicia espantaba sus insistentes acometidas con la mano, cada vez más irritada. Consumido el postre y colmada su paciencia, preparó sobre la mesa un cebo con una gota de miel y una guirnalda de mermelada. La mosca no pudo resistirse y, apoyadas sus patas en el viscoso alimento, tampoco logró esquivar a tiempo el vaso invertido que redujo su vasto mundo a un espacio confinado.
La mujer sonreía satisfecha por un triunfo incontestable, mientras el insecto lamentaba su derrota estrellando su cuerpo sin descanso contra el vidrio.
Poco duró el orgullo por aquella victoria en una batalla tan desigual. La lenta resignación de la mosca había desencadenado en Alicia una avalancha de pensamientos que transformaron su sonrisa en una mueca sombría. Estaba tratando de digerir una revelación sobrevenida. El insecto agonizaba entregado a su destino sobre el lecho azucarado, mientras Alicia se perdía a sí misma en un lugar más inquietante. Pidió la cuenta, pagó y se levantó. Caminó hacia el coche con un aire distinto, más denso y pesado, como si llevara en silencio la carga de un conocimiento nuevo y pegajoso que le oprimiera el pecho.
En aquella mesa, una vida se reflejó en la lucha y el sufrimiento de otra hasta deshacerse, porque solo una regresó con vida de aquel encuentro y ya no era la misma. Todo esto vería y entendería un espectador; yo, en cambio, conozco la verdad.
Seguí un rastro de mandarina hasta el coche, donde permanecí adormecida buena parte de mi efímera existencia; luego, su conductora abandonó el vehículo y sentí cómo el perfume que me embriagaba se marchaba con ella, así que la acompañé hasta el restaurante.
Allí encontré otros aromas que me despertaron el hambre y quise alimentarme, pero el trato feroz que me dispensaba ese ser descomunal me lo impedía. Frustrada, llevé su paciencia al límite para obligarla a seducirme con un océano de miel y mermelada. No merecía menos.
Estaba dispuesta a perdonar sus desaires por aquel maravilloso regalo, pero luego decidió confinarme en un cilindro invisible que comprimía el mundo y segaba mi vuelo golpeándome en el tórax. Con cada acometida me encontraba más débil, pero la sonrisa deformada de mi enemiga al otro lado de mi cárcel me dio la fuerza necesaria para llevar a cabo mi venganza.
Dejé que me viera resistir con todas mis fuerzas para luego caer derrotada con mi cuerpo brillante hundiéndose en su trampa melosa. Mi agonía hizo que se acercara lo suficiente para descubrir la suya propia, porque también ella se esforzaba inútilmente cada día, también era esclava de sus apetitos y también luchaba contra muros invisibles por un anhelo de libertad o de un brillante potosí, consumiendo asimismo su tiempo de forma inexorable. El sacrificio de mi cuerpo la puso frente a un anhelo que ensombreció su rostro, pues veía en mi dulce muerte la proyección deseada de la suya, reconociendo así el deseo íntimo y profundo de acabar con su propio sufrimiento.
Fui indulgente y se lo concedí intercambiando mi alma por la suya, porque no escapé de mi prisión con alas relucientes, sino gracias a un portal abierto por el pensamiento especular que rompiendo una barrera invisible conectaba su vida con la mía. Ella murió y yo volví a nacer en ella.
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