Querida Ana:
No, “querida”, no. No estamos en ese punto. Dejémoslo en “Ana”.
Anoche dijiste que necesitabas espacio. Que todo se había complicado. Yo asentí. Fui razonable. Siempre lo soy contigo. Bueno, no siempre. Pero, anoche, sí. O eso quiero recordar.
Te acompañé a la puerta. No discutimos. Eso es importante: no hubo gritos, ni reproches, ni nada que justificara… esto. Dijiste que llamarías hoy. No lo hiciste. No pasa nada. No era obligatorio, ni tampoco pensaba que fueras a hacerlo.
Salí a caminar para despejarme. Eso suena bien. Ordenado. Como si cada cosa llevara a la siguiente de forma natural. Pero no fue así. Fui directamente a tu casa. No lo pensé demasiado. O sí… no lo recuerdo. Supongo que lo suficiente como para saber que no debía ir. O lo suficiente como para seguir adelante.
Tenía la llave: no me la pediste de vuelta… no es culpa mía. La cerradura giró sin ruido. Eso lo recuerdo muy bien. Ese pequeño clic, como si todo encajara. Dentro, olía a lo de siempre: a tu casa, a algo que ya no era mío. Escuché tu voz antes de verte. Reías.
Avancé despacio, con cuidado. Como si todavía pudiera decidir no entrar del todo. Pero entré. Estabas en el salón. Con él. Sentados muy cerca. Tu rodilla, tocando la suya. Tu mano… no, eso da igual. No era nada definitivo. No era una prueba de nada.
No debería haber importado tanto, pero fue suficiente. Él dijo algo… no recuerdo qué. Algún comentario gracioso, y tú te inclinaste hacia él al reír. En ese momento fue cuando hice ruido. Los dos mirasteis hacia mí. Tu cara cambió primero: sorpresa; después, algo más; no sé si era miedo o culpa; o, simplemente, desconcierto.
Dijiste mi nombre. No gritaste. No dije nada. Me acerqué despacio, y él se levantó dando un paso hacia mí, como si fuera a interponerse. No parecía peligroso, pero… aun
así… Había un jarrón de cristal grueso en la mesa baja; lo habías comprado hace poco, ¿recuerdas? Lo cogí…el primer golpe fue para él, en la sien. Sonó distinto de lo que esperaba. Más sordo. Cayó casi al instante, al mismo tiempo que tú gritabas. Eso sí lo recuerdo bien. Retrocediste hasta el sofá. No intentaste huir; supongo que te quedaste bloqueada.
Dejé caer el jarrón. No se rompió: algo que me resultó absurdo en ese momento. Me acerqué a ti. Dijiste que parara, que no sabía lo que estaba haciendo. Pero sí lo sabía, o creía saberlo. Te agarré por los hombros. Intentaste escapar, pero te empujé. Caíste hacia atrás, te golpeaste la cabeza al caer y te quedaste quieta un segundo.
Ese segundo… ese fue el momento en el que todo podía haberse detenido. Pero no. Te incorporaste un poco, aturdida. Intentaste decir algo, aunque no entendí qué. Detrás del sofá había un cable: era de la lámpara. Lo cogí, lo pase alrededor de tu cuello y tiré, mientras la lámpara caía al suelo. No, no fue elegante, ni rápido. Fue torpe. Tú te movías, intentabas apartarlo; tus manos… no sé dónde estaban exactamente. Todo era movimiento, y ruido, y aire que no llegaba a tus pulmones. Tardó más de lo que pensé. Cuando dejaste de moverte, solté el cable. Me dolían las manos por la presión.
La habitación quedó en silencio. Miré primero a él, luego a ti. Fui al baño y me lavé las manos. Volví y miré otra vez, como si algo fuera a cambiar. Pero no. Salí de tu casa, cerré con llave y bajé las escaleras despacio. Nadie me vio, o eso creo.
Contado así, parece una secuencia, una serie de pasos inevitables. Y no lo fueron, porque hubo momentos, oportunidades para detenerme, pero no lo hice. Así que no, no es una despedida, no me voy a ninguna parte; bueno sí, pero no en ese sentido: no es necesario dramatizar. Solo quiero dejar algunas cosas por escrito, para que no haya malentendidos. Es todo lo que puedo contar, es lo que recuerdo, estoy seguro de que ocurrió así… ¿o no? Quizá, tengo lagunas.






