La clienta de la mesa nueva | Enrique Gómez
Se acicala con esmero: un ligero toque de corrector sobre las ojeras, un color discreto en los labios, unos golpes rápidos con los dedos para domar los mechones rebeldes. Las primeras canas ya han aparecido, las observa resignada. Cada tarde, a la misma hora, su sonrisa reaparece en el espejo. Es una sonrisa impaciente, de niña enamorada que se prepara para acudir a una cita.
Camina con sosiego, cuidando que la cadencia de sus pasos no se acelere y delate su prisa por llegar. Disfruta de cada tramo del trayecto como si fuera la primera vez que lo transita, como si ya lo hubiera recorrido decenas de miles de veces, o como si no hubiera otro camino posible para ella. Y cada tarde, a esa hora, su sonrisa limpia y sus ojos enamorados se integran en el paisaje urbano que recorre.
Los recuerdos la esperan en cada trecho de su ruta. A veces se demora en ellos, como quien se encuentra con un viejo amigo y se sumerge en la nostalgia; otras, la sorprenden sin previo aviso y la obligan a detenerse, a revivir instantes que creía olvidados, resurgiendo candentes en su memoria como destellos de fuegos artificiales.
En la calle de las tiendas se detiene ante un escaparate. Da unos giros leves, apenas un vaivén. Se estudia en el reflejo, se atusa el pelo con discreción y ajusta el cuello de la blusa. Son los últimos retoques. Al final del soportal está la cafetería: su destino.
Llega con unos minutos de retraso, como siempre. Se ha demorado a propósito; le gusta que la eche de menos un ratito. Allí está él, siempre esperando, con su porte de atleta y esa sonrisa de buenazo. Su bigotón negro se convierte en un trazo horizontal cuando la ve entrar y ella le devuelve un saludo pícaro desde lejos.
Ocupan el sitio de costumbre: la mesa nueve. Saben su número de tantos ratos que han pasado allí, casi escondidos, en la esquina más discreta de la sala. Cuchichean y ríen sin prisa toda la tarde. Todas las tardes.
Él está siempre impecable. Ella repite la misma disculpa de todos los días: después del trabajo, ha querido pasar por casa a retocarse, para estar tan guapa como él. Y él, con las manos cruzadas sobre la mesa, vuelve a tensar su bigote con esa sonrisa que la desarma.
Ella pide un café con leche bien caliente, como siempre. Él nunca toma nada, se limita a acompañarla y escuchar.
—Algún día, Lucas te va a regañar por no consumir—, dice ella, coqueta, con un mohín cómplice. Pero él solo sonríe y no dice nada. Lucas, siempre amable, le sirve el café con la leche casi hirviendo y una galletita bañada en chocolate.
Inclinada sobre la mesa, con las manos de ambos entrelazadas, le susurra su jornada, tarde tras tarde. Siempre la misma historia, siempre con la misma ilusión. Él escucha embelesado, sonríe y guarda silencio, sin interrumpirla.
En la calle ya es noche cerrada, llega la hora de la despedida. Ella abre el bolso y busca su monedero. Lucas, que ya conoce el ritual, se adelanta y deposita sobre la mesa, suavemente, un platillo que contiene la cuenta. Siempre deja propina, agradeciendo el gesto de tener reservada, cada día, la mesa nueve para ellos.
—Con cada año que pasa, te veo más joven y más guapo —dice ella al despedirse, mientras se incorpora. Hoy sonríe con picardía, sabiendo que aún despierta deseo—. Se te ponen ojillos de malo cada vez que me pongo este vestido.
Camina hacia la puerta con la misma elegancia con la que llegó, indiferente a las miradas curiosas de los clientes ocasionales, que desconocen su rutina. Los habituales ya no se inmutan, la conocen bien y están acostumbrados. Saben que, cada tarde, a la misma hora, ocupa esa mesa y cuchichea con sonrisa perenne. Algunos, los de toda la vida, recuerdan cuando no hablaba sola. Cuando venía con aquel hombre bien plantado, de cara afable y bigotazo negro, siempre pendiente de ella, como si el resto del mundo no existiera.
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