La chocolatera

Gonzalo Tessainer

“¡Qué pinto aquí! ¿Cómo he llegado a esta situación? ¡Si lo tenía todo! Un futuro prometedor en el mundo del ballet, una formación recibida por los mejores profesionales, un expediente académico brillante, una buena reputación que comenzó a abrirme la puerta de algunas compañías… —piensa Paca mientras está sentada en una silla plegable en una playa del Mediterráneo. — Y de repente, lo perdí todo. ¡Debería estar ahora en Saint Tropez y no aquí! —mira con desprecio a una señora que llama a voces a su hijo para que vaya a recoger su merienda, un bocadillo de chóped—. ¿En qué me equivoqué?”, suspira con resignación.

—¿Que en qué te equivocaste, bonita? —interviene una voz interna—. Te recuerdo que tu impaciencia te jugó una mala pasada. Lo llamo “impaciencia” por no llamarlo “gilipollez”. ¿Qué pasó en el 2001? ¿Quién fue concursante de un reality show? ¿Quién estuvo en una casa rodeada de cámaras durante más de cien días? ¿Quién se metió toda borracha en un jacuzzi? ¿Quién se tiró un pedo loco con sorpresa en ese jacuzzi, enturbiando su agua ante los ojos y carcajadas de más diez millones de espectadores? ¿Fui yo? ¡No! ¡Fuiste tú solita! Gracias a esa proeza, la gente comenzó a llamarte Paquita la Chocolatera. ¿Y te sorprendes de que tu carrera de bailarina se haya acabado?

 —¡Qué exagerada eres! Sabes que me presenté a ese programa para que alguna compañía importante se fijara en mí y me contratara. 

—¡Mientes como una bellaca! ¡Lo que querías era hacerte famosa, y esa era la manera más rápida de conseguirlo! Maquilla tus palabras con tus mentiras, pero la verdad es la que yo te digo.  

 —¡Pero no es justo que un percance intestinal me haya cerrado todas las puertas!

 —¡Llámalo como quieras! Pero cada una tiene lo que busca. Tú querías popularidad, y la obtuviste, pero el precio que pagaste fue un poquito caro. 

—¡De eso hace ya casi veinte años! Además… 

 En ese momento, una pelota de playa multicolor chocó contra la cabeza de Paca, lo que hizo haciendo que la conversación con su voz interna finalizara y su mente volviera a la realidad.

—¡Perdona! —dijo un hombre con tono de piel que delataba su tanorexia mientras le guiñaba un ojo. Su cuerpo estaba decorado por una docena de tatuajes, y de su cuello colgaba una cadena dorada más gruesa que su dedo meñique. La única prenda de vestir que llevaba puesta era un minúsculo bañador de tela brillante que le tapaba lo justo para que no lo tildaran de exhibicionista.   

—¡Más cuidado, hombre! ¡Me has podido romper la nariz!

—¡No seas exagerada! —respondió el tatuado hombre mientras la mira fijamente—. ¡Tu cara me es familiar! ¡Eres La Chocolatera! 

—Prefiero que me llames Paca.

—¡La que liaste en el jacuzzi! ¡Fue cojonudo! ¿Podrías repetirlo?

 —¡Mira, deja de molestarme y vuelve a tu partidito de fútbol!

—De partidito, nada: es parte de mi entrenamiento. Soy futbolista profesional —aclaró mientras su mano pringada de crema solar echaba hacia atrás un mechón de pelo teñido de rubio. 

 —¿En serio? No me suenas. ¿En qué equipo juegas? 

—En el Atlético de Pedrosillo del Anochecer: soy el capitán. Sé que es un equipo modesto pero, de pequeño, el Real Madrid estuvo a punto de ficharme.

—¡Claro, y Hollywood me propuso protagonizar Dark Water! ¡Que tengas un buen día! —añadió Paca, poniéndose unas gafas de sol en forma de estrella. 

La supuesta estrella del fútbol se quedó mirando a Paca.

—¡Una cosa, Chocolat…! ¡Perdona, Paca! ¿Tienes algo que hacer esta noche?

—¿Me estás proponiendo una cita?

—¡No, te estoy invitando a un velatorio! ¡Pues claro, mujer! 

 —¿Qué te hace pensar que quiera pasar mi noche con un hombre que lleva un bañador farda paquete brillante?  

En ese momento la voz interna de Paca volvió a hacer acto de presencia.

—¿Vas a decir que no a una cita? ¡Quién te ha visto y quién te ve! ¡Para una vez que te proponen compañía…! 

—¡Cállate ya! —gritó la mujer.

—¡No hace falta que te pongas así! —respondió el hombre creyendo que Paca le estaba hablando—. ¡Menudos aires que tiene La Chocolatera! 

 —¡Perdona! No hablaba contigo. Hablaba con… ¡qué más da! ¿Te parece bien que nos veamos a las nueve en el chiringuito La Tinta del Calamar? 

  —¡Perfecto! Por cierto, me llamo Johnny y me encantan los jacuzzis —guiñó el ojo el hombre. 

    Y con una carcajada se despidieron con la ilusión de verse unas horas más tarde.