Hoy no te pierdo

María Oñoro

¡Sssshhhhh!, muere en mis brazos, querido esposo. No temas; mírame, no cierres los ojos… aún no… 

 

Sí, mi amor: tu último suspiro y tu última mirada serán míos; ¿tu último pensamiento?, quizá también. Sé que te has disipado; ya no estás conmigo. Después de derramarte en mí, apenas me ha dado tiempo a susurrarte que solo te quedaba un minuto de vida.

Hasta que la muerte nos separe, ¡yo estaba dispuesta! Pero tú… ¿tú, querido?, ¿estabas dispuesto?

¡Qué guapo eres! Pareces dormido… te he hecho trabajar; ¡no te quejes hombre!, solo he pedido a mi compañero que me haga el amor (al menos una vez cada tres meses), no es mucho pedir.

Hasta que la muerte nos separe, ¡qué amargo final! Por tu culpa… ¿crees que no me duele perderte? ¡Claro!, estoy desolada: desolada, vacía, seca… ¡yerma!, desde hace tiempo; bien sabes desde cuándo.

¿Ahora?, pierdo el sabor de tu boca fresca; la fortaleza de tu cuerpo, que me arropa al tocarme tan solo con un dedo. Pierdo tu sonrisa: mi refugio, mi casa; esa que cuando aparece borra cualquier preocupación instalada en mi frente. Contigo se ha ido la ilusión de tener un hijo; el proyecto de envejecer a tu lado… me he derrumbado justo cuando tú has dejado de respirar sobre mí: al mismo tiempo que se escapaba la luz de tu piel, tu esencia empapaba mi vientre y mis muslos. Y un último estertor sobre mis pechos desnudos me ha anunciado tu partida.

¡Tenía que hacerlo!; ponte en mi lugar: ¡hasta que la muerte nos separe!, ¡¿era así, no es cierto?! Entonces, ¿por qué me quieres abandonar? Mi cuento de princesa no tenía ese final; debería ser así: los dos abrazados, dormidos después de hacer el amor sin medida; como hace un minuto… ¡huy!, te estás quedando frío; espera, te arroparé.

Sabía que tu corazón no podría soportar tal esfuerzo; lo sabía, porque el whisky que te he preparado antes llevaba un «elixir» para agravar y prolongar la taquicardia, que tan perjudicial es para ti. Ha sido un final romántico, ¡apoteósico!: has alcanzado el clímax, mientras abandonabas este mundo.

No te pierdo esta noche: han sido tres lustros contemplándote; durante ese tiempo he buscado la manera de complacerte, de hacerte feliz. Hoy no pierdo tu sonrisa, el tacto de tu piel, los proyectos, las ilusiones… tu mirada; todo eso lo he perdido hace dos años. Me he secado de tanto llorar en silencio, mientras mendigaba tus caricias. 

Pensaba que ya no te atraía; por eso mi obsesión por estar siempre guapa y en forma. Pero ni con esas. Pensé que era mi poca formación, y decidí ponerme al día, ya sabes, para ofrecerte buenas conversaciones; pero te aburrías igual. Esta desesperación me ha anulado y me has ido borrando de tu vida; tan solo me has dado pequeños papeles de veinte minutos al día. Hoy, me los he cobrado bien.

Hace una semana te vi con ella; fue casualidad: nunca voy a ese centro comercial de Majadahonda, pero ese día me dio por ahí. Casi me caigo al suelo, si no llega a ser por una pareja que me cogió al vuelo. Estaba estupefacta, en shock; es verdad que alguna vez hemos bromeado sobre la posibilidad de ponernos los cuernos: la condición era que nuestros respectivos amantes debían ser mucho más jóvenes; era lo más lógico, ¿recuerdas? 

Pero esa mujer parecía tener tu edad; tenía clase, era guapa… muy elegante. Lo que vi allí no era una aventura: os seguí durante un rato, ¡estabais tan tranquilos!; se notaba que no era el primer día que paseabais de la mano. Había complicidad, dulzura en vuestras miradas (también al hablaros), la que yo he perdido, la que me has negado. En ese momento he sabido que me ibas a abandonar; he sentido en mi pecho la punzada de la traición, clavada en mi corazón. Clavada en mi alma… 

Entonces, lo entendí todo: las evasivas para iniciar los trámites de adopción; las jornadas interminables que pasabas en el trabajo; los eternos viajes todos los meses… 

¿Hasta que la muerte nos separe?

 

—Policía nacional, buenas noches.

—Buenas noches, quiero denunciar una muerte: acabo de asesinar a mi marido.