Enrique Gómez

¡Ho, ho, ho!

Se sentía ridículo con la barba postiza, embutido en aquel disfraz rojo con ribetes blancos y cubierto por un capirote flácido rematado con una borla algodonosa. Hubiera preferido trabajar bajo la cobertura de Rey Mago (cualquiera de ellos), pero en la Sección de Identidades Encubiertas habían sido tajantes al respecto. «¡Elige cómo prefieres ir!: ¿de Santa Claus o de Reno?»

El enclave que le habían asignado —la esquina de Carnaby con Ganton— no era malo, salvo por las corrientes de aire. Durante aquellas navidades de 1965, sopló en Londres un viento gélido proveniente del Ártico. Hubiera sido más adecuado (y más discreto) encubrirse tras un puesto de castañas.

Los viajes por el tiempo, a través de un agujero de gusano, son incomodisimos y dejan trastornos que, a veces, tardan días en mitigarse. La hipergravedad tira de los pies con más fuerza que de la cabeza y el cuerpo se estira como si estuviera en un potro de tortura. Una vez que se llega al destino, al irremediable desajuste del reloj biológico por haber cambiado de época, se une un fuerte dolor de articulaciones.

Después de llevar varias horas plantado en la esquina, Atus iba por el cuarto Paracetamol. De pie, sin apenas moverse y con aquel frío tan húmedo, sentía como si tuviese clavos atravesando sus rodillas; cuando saludaba a los transeúntes, agitando la campanilla ridícula que era parte de su caracterización, le crujía el codo; la lengua se le trababa cada vez que repetía la frase ensayada: «Ho, ho, ho! Merry Christmas!». 

A pesar de todo, Atus se sentía orgulloso de su papel en la delicada misión que estaba en marcha. Se sabía que la mañana del día de Navidad de 1965, Yoko Ono —que aún no había conocido a John Lennon—, había paseado, sin compañía, por Carnaby Street.

Cuando empezaba a desesperar, la vio. Tal como estaba predicho, una mujer asiática, fea y malcarada, recorría la calle en dirección a la esquina en la que él se encontraba. Atus recompuso su traje de Santa, se atusó la barba de poliéster y repasó mentalmente el plan trazado. En ese instante, la mujer hizo amago de cruzar a través de un paso de cebra, pero se detuvo porque un autobús se aproximaba a demasiada velocidad —faltaban siete años para que Carnaby fuera convertida en peatonal—.

Atus intentó correr hacia ella, pero sus piernas entumecidas y sus rodillas cristalizadas se lo impidieron. Con su andar renqueante no iba a lograr alcanzarla. Desesperado, improvisó. Cuando la mujer iba a reanudar su marcha, oyó tras de sí una voz rotunda que gritó: «Ho, ho, ho! Merry Christmas!». Sorprendida, se giró hacia el emisor de aquel rugido y, entonces, una campanilla de bronce que volaba hacia ella se estrelló contra su frente y la dejó sin sentido. 

Por fortuna, los agentes de apoyo respondieron con presteza. No había caído la nipona al suelo cuando una falsa ambulancia frenó, emitiendo un chirrido, y de ella salieron dos supuestos sanitarios. Uno se encargó del cuerpo inerte y el otro ayudó a Atus a subir en la parte trasera. Con la sirena aullando, el vehículo se alejó de la zona y, pocos minutos después, abandonó la City con rumbo a una mansión en las afueras. Allí concluiría lo urdido.

Cuando Atus llegó con Yoko Ono, ya estaba allí Cliff Richard —aún más melindroso que de costumbre, porque La China, ajustándose al protocolo, lo había narcotizado—. Atus y La China hicieron entrega de sus presas y dejaron actuar al equipo médico, traído de un futuro aún más lejano que el de ellos. Recostados en divanes adyacentes, Cliff y Yoko estaban conectados a un ordenador por medio de una especie de cascos de peluquería que no cesaban de zumbar. Cuando despertaron, dos horas después, estaban tan enamorados la una del otro (y viceversa), que esa misma tarde se casaron. Actualmente, son dos viejecitos adorables que viven en la campiña inglesa, rodeados de nietos y biznietos, retirados del mundo del espectáculo desde aquel veinticinco de diciembre.

Cuando La China y Atus regresaron al presente, comprobaron emocionados el doble milagro, consecuencia de aquella misión navideña: los Beatles seguían en activo y Cliff Richard no había vuelto a torturar a la humanidad con nuevas canciones.