J.L. Rivas

Feliz cumpleaños, "profe"

Las ideas van pasando por el desfiladero de la nostalgia. Una a una. No se detendrán hasta que los recuerdos amainen y haya un cambio de rumbo. Con esas y otras metáforas le gustaba, al profesor de Literatura, ponernos a pensar. Pedro, quería que lo llamaran así porque “profesor” estaba muy cerca de “confesor”, y lo único que él tenía para confesar, decía, era su amor a los alumnos y a las letras. Y tampoco le gustaba “profe” porque era un vocablo cercenado. 

Pedro era muy diferente a sus colegas. No impartía clases en el formato tradicional; eran más bien tertulias donde te lo pasabas tan bien que el tiempo volaba. Cuando salía del aula, los alumnos, como una nube de mosquitos, lo acosábamos con preguntas y propuestas. Y él aceptaba gustoso. Nos quedábamos largo rato en el pasillo parloteando. Ahí está el grupo de Pedro, decían todos. 

El humor era una de sus cualidades, pero no un humor para provocar carcajadas, sino un humor para sonreír y quedarse pensando. No era que viniera cada día con un chiste nuevo, sino que, del trabajo de todos, surgía una idea o comentario que contenía una expresión graciosa e inteligente. Él creía que el humor debería ser un género literario; soltaba eso y teníamos debate para rato.

Si entrabas al salón de improviso podías encontrarte con un compañero subido al escritorio, declamando “para estar a la altura de los genios”, decía Pedro. O todos sentados en el suelo, en círculo, porque “los pupitres interrumpen el flujo creativo”. Los grandes autores merecían ser leídos en voz muy alta “para que las paredes queden impregnadas de poesía”. Muchas veces venían los profesores de las aulas vecinas a reclamar porque sus alumnos no podían concentrarse. A nosotros nos daba risa porque el ruido no solo no nos molestaba sino que nos excitaba. Tanto que al final de cada intervención, gritábamos y aplaudíamos.

Los momentos realmente mágicos eran aquellos en que Pedro interpretaba algún texto: su voz le salía de las entrañas, iba creciendo en intensidad y modulando cada sílaba, en un silencio total, como si el mundo se hubiera detenido. Completamente seducidos, no sabíamos donde se fundían el poeta, el poema y el intérprete. Creo que nunca se derramaron tantas lágrimas en esa Universidad.

Salíamos al patio transportados a otra realidad, como cuando sales del cine creyéndote por un momento el héroe de la película. Este arrobamiento era tan notorio que, atendiendo a denuncias de algunos profesores, la Dirección tomó cartas en el asunto. Aducían que en las clases se practicaban ritos extraños y no Literatura. La mismísima Directora irrumpió una tarde en la sala. Nos encontró con las luces apagadas, rodeando a Pedro a punto de soplar las velitas de su torta de cumpleaños. La Directora, a quien llamaban “Miss” por su silueta: 60, 90, 60, era una mujer respetuosa y sensible; no osó interrumpir la ceremonia. Pedro, emocionado, no podía pronunciar palabra. Miró a la Directora y, creyendo que había venido a felicitarle, le agradeció con un gesto. Entonces, todos a una, comenzamos a cantar el Happy Birthday, con ritmo de reggaeton.

Dicen algunos  que, posiblemente, no sé, no me consta, no podría asegurarlo porque estas cosas no son para andar ventilándolas por ahí, que la “Dire” y el “Profe” se abrazaron y que por sus mejillas se vieron correr unas lagrimillas