Esferas

Ana Fortuny

Se mueven como una marea contenida, suavecita. Atrapadas en esa botella plástica, no quieren separarse.  Nadan como una sola para seguir intactas.  A las cuatro, botella en mano, Fer sale con Alicia, su madre, al parque.  Entonces, ellas lloran.  Si parten, no regresarán.  ¿A quiénes les tocará hoy? Se sumergen al fondo. Las más fuertes llegan primero.  Empujan a las otras hacia arriba para no ser expulsadas.  Alicia quita una tapa roja.  Saca una varita para burbujas, mientras ve a Fer babeando con emoción.  “¡Bubas, bubas!”, le grita, al jalar su falda.  Alicia sonríe…Alicia sopla.  A gran velocidad, las esferas salen una tras otra, enormes, medianas o minúsculas.  Al principio, temerosas; después, felices al flotar en libertad.  Algunas mueren al instante al tocar tierra, pero otras suben, suben a favor del viento.  Buscan ese sol maravilloso, un sol dibujante, a veces amarillo, a veces blanco. Se dejan pintar.  Alicia observa los arcoíris perfectos rodeando cada esfera.  Elije una grande.  Sigue su trayectoria.  Se adentra en las paredes sin ángulos, en esas paredes frágiles o inexistentes, donde nadie, solo ella, puede penetrar.  Se cuestiona. Cuestiona al mundo, al infinito, a su edad.  Pero no recibe respuestas. Vacío, silencio, aflicción. “Fer, Fer…¿cómo sería mi Fer si todo marchara bien? ¿Caminaría como los otros chicos sin caerse? ¿Hablaría, como lo hace Pablito, con mi amiga Lori? ¿Entendería mis palabras?  Sí, entendería, lo sé.  Pintaría casitas rojas con jardines verdes. Hilvanaría oraciones en los cuadernos.  Tendría una mirada atenta, mi Fer.  Desaparecería ese hilo salivoso perenne. Te veo en estas navecillas redondas, mi Fer.  Ahí vas, como pudiste ser, como no eres.”  Ya se han reventado todas. “¡Bubas, bubas!”, grita Fer nuevamente.  Alicia vuelve a soplar.  Algo tan sencillo para ella es imposible para Fer. Esferas en pleno vuelo, una nueva camada.  Se van, escapan, revientan.  Alicia sopla una vez más, diez veces más, cien veces más.  Su boca se cansa, siente un ligero mareo. Esa botella se va quedando vacía.  “Ya no”, le dice.  Pero Fer quiere más, siempre quiere más.