En Bujará

Enrique Gómez

Heme aquí, rehecho; de nuevo en las afueras de Bujará, con ropas de mendigo, un anillo y con setecientos dinares en la faltriquera, entre muretes romos lameteados por el viento. Escondidos en estos, proscritos mutilados; sé, por veces anteriores, que no amerita buscarlos: mato a aquellos que aparecen a mi paso y recojo el dinar que llevan. Evito turbas de leprosos, busco la cueva del rey de los ladrones. Inerme, como voy, estrangulo al guardián de la puerta y gano su gumía. ¡Voy armado! Recorro galerías a la carrera, destripo a quien se cruza y sorprendo al gordo ebrio en el fondo de la gruta. Lo mato, obtengo sus babuchas —sus secuaces huyen—, cargo con la quincalla que cabe en un saco, y un cofrecito con gemas. El primer objetivo está cumplido.

Penetro en el arrabal, aún vestido de pordiosero. Sigiloso, esquivo a los perros —huyendo a veces—. Rebusco en tendederos, cambio mi ropa hasta parecer comerciante. Un último detalle: acudo al reclamo de la ocarina para que el afilador repase la punta de mi daga. Se acercan las dificultades.

En el zoco comienza el trapicheo; sigo un orden aprendido: extiendo la quincalla sobre el suelo, la vendo; serpenteo por las calles más estrechas en busca de peristas judíos —conozco a los que mejor pagan—, me deshago de la pedrería por un buen precio; vuelvo a la algazara saltando de tejado en tejado para evitar la ronda de la guardia (esta vez no me atrapan); recorro las ocho esquinas donde están los ocho ciegos pedigüeños, robo la calderilla que hay a sus pies desnudos. Me escondo en las azoteas. Bajo. En una carnicería compro un filete; en una sastrería, ropas de príncipe. Un parpadeo y parezco otro; llevo la gumía ceñida en un fajín gualdo. Ya casi acabo; queda el último trueque: en un bazar de sedas me acerco al jorobado del rincón, muestro el sello de mi anillo, me conduce a la trastienda, allí gasto mis dinares en cuatro objetos: cimitarra/AK-47/extintor/alfombra voladora. Abandono el zoco.

Puertas del palacio: por mis ropajes y por mi anillo, entro sin problemas. Mis nuevos enemigos son Mustafá y sus siete hermanos. Un reloj de arena me concede tres minutos para atravesar los pasillos y matar a los ocho sarracenos bigotudos; pasado ese tiempo, llegará la guardia mameluca y me sucederá lo que otras veces. Ra-ta-ta-ta. Mueren los cuatro primeros moros, faltan cuatro. Caen los tres siguientes, queda el jefe. Ni a Mustafá ni a mí nos queda munición: es hora de luchar cuerpo a cuerpo. Logra darme una patada en el pecho (me pixelo un segundo); tras reponerme, arrecio la embestida: lanzo la secuencia ninja (esternón/testículos/crochet). Cae Mustafá, se desvanece el palacio.

Aparezco en la Torre de Mentiras (la de los cien recorridos y solo uno correcto). Asciendo según sé (segunda puerta a la izquierda, tercera a la derecha…). Me encuentra el lebrel, tiro el filete escalones abajo, y desaparece el perro. Sigo. Aparece el dragón llameante, descargo el extintor en sus fauces; él emite una tosecilla, exhala un tirabuzón de humo negro, se enrosca en el suelo y duerme. Casi al llegar a mi siguiente destino, cien eunucos me rodean; uso la calderilla que robé a los ciegos: la tiro al aire. Los eunucos se lanzan codiciosos a recoger monedas; se pelean entre ellos y me olvidan. Alcanzo por fin la puerta, un destino desconocido para mí. La empujo. Oscurece la torre.

Se hace la luz, y estoy en el recinto de marfil. En el centro, en un diván, Suleika lee un cuento al Visir Nureddin que, al verme, aparta a la princesa y se dirige hacia mí con un alfanje; respondo con la cimitarra. Me hiere (vuelvo a pixelarme, ¡fracasaré de nuevo!). Es más diestro que yo; de un golpe me arrebata el sable. Desesperado, en un último intento, arrojo la afilada gumía y atravieso el corazón de mi enemigo.

No he acabado. La princesa Suleika me observa, temerosa, desde un rincón. Extiendo la alfombra voladora; me siento en esta, alargo el brazo hacia la joven y selecciono una opción en el desplegable: «C.- ¿Confías en mí?». ¡Acierto! Ella entorna los párpados de sus ojitos almendrados, camina tranquila, se sienta tras de mí. Salimos de la torre por el cielo añil de Bujará. Las nubes se concentran y forman dos palabras:

GAME OVER