El sonido de la muerte y el olor a vida

Ana Efigenia

—¿A qué suena tu vida? ―musitó la voz en tu oído.

—A vainilla y a naranjas ―respondiste en sueños.

Sentiste cómo el frío erizaba tu piel. Apoltronaste tu cuerpo entre la vieja sábana hasta alargar los brazos y acurrucarte entre estos. Tu piel se remodeló al experimentar el calor de la fricción de tus manos. Abriste los ojos con cierta resistencia porque las legañas, que habían creado las estalactitas secas de tus lágrimas los sellaban. El rezagado sollozo arremolinado en tu corazón encandiló tu alma. Un hipo odioso se apoderó de tu voluntad.

De pronto se quebró la oscuridad, y un haz volador se paró en tu rostro. Volviste a cerrar los ojos. Temblaste. Oíste los pasos del endriago quebrar los peldaños roídos, y sentiste el quejido de la madera en tus propios huesos. Intentaste escabullirte, pero las cadenas que sujetaban tus tobillos te impidieron ir más allá de la colchoneta que te privaba de padecer el suelo. Usaste tu propio cuerpo como escudo, como tantas veces habías hecho. Recibiste los golpes con solemnidad, mientras emigrabas a tierras lejanas que olían a cantos de pájaros y sonaban a magdalenas calientes.

La sangre brotó de tu carne para derramar el llanto que acallabas. Una vez que el desasosiego te arrastró al declive emocional, te dejaste vencer: te refugiaste lejos de la realidad para huir.

El puntapié al que te sometió el animal de tu padre lo alarmó; bramó de furia mientras recogía la masa de huesos y de piel corrompida en la que te había convertido. Yacías inerte. Una lágrima corrió su cara quemándolo hasta desgarrar su interior. ¿Por qué lloran los monstruos? 

Aquella desvalida lágrima cayó en tu boca. Humedeció tus labios azulados y luchó, hurgando entre estos, hasta penetrar en ti. Lo logró. Se mezcló con tu saliva y viajó a tu ser. Allí habitaban los pájaros revoloteando; los tulipanes de todos los colores; las fragancias dulces; los árboles, repoblando su esqueleto en primavera; las hierbas cubiertas de rocío; las nubes, visitando al sol; las estrellas, guiando al lucero; las fugaces, haciendo volteretas para alargar su desenlace; el pan recién horneado; la leche caliente; el abrazo humano; la luz; la paz.

Te dejó en el suelo tendida, justo al pie de un contenedor de basura. Así te había considerado.

—¿A qué huele tu vida? ―preguntó susurrando la voz.

—A caballos que galopan y al viento que surca valles y montañas.

Aún quedaba un soplo de vida en tu amasijo de tejidos. Respirabas con resiliencia como si te hallaras en la etapa del Sueño Delta, esperando a reparar tus músculos y tu mente.

Un sonido atronador alertó a tu cuerpo, aunque este no supo responder. Esperaste expectante hasta sentir cómo te recogían del suelo y te tumbaban en una camilla. No abriste los ojos ni respondiste a estímulos: estabas en estado REM, cercada por tu armadura. 

―¿A qué no suena tu vida? —mistó la voz.

—A sangre, a dolor, a miedo. 

La temperatura era agradable, el tacto de la ropa que te protegía del exterior era suave, el olor era embriagador, la intensidad de la luz era baja, las voces a tu alrededor timbraban tiernas. Olía a calma y sonaba a miel.

El tiempo corrió en tu ayuda. Te recuperaste físicamente más pronto de lo que los especialistas habían previsto. Te llevaron a una casa de acogida, donde las personas que te recibieron intentaron ofrecerte todo el cobijo humano que pudieron.

Estabas rota por dentro: los caballos nadaban entre las nubes, los bizcochos crecían de los árboles, los pájaros olían a canela, el viento no sonaba, los abrazos eran bofetadas y las caricias dolían.

Uno de los seres que te trajeron a este mundo murió a tu llegada; el otro ser infrahumano te culpó de su soledad y te arrebató el sentido. Pero no supo nunca el bien que te hizo: te llevó a otro universo, donde el bien y el mal estaban confundidos con el olor y con el oído.

―¿A qué no huele tu vida? —murmuró la voz.

―A culpa… a verdad…

—¿A qué sonó matar a tu padre? ―preguntó con ironía la voz.

—A mermelada de hiel.