El pasado del ahora

Gonzalo Tessainer

En el número doce de la Urbanización Compañía, una pareja de recién casados está teniendo su primera discusión tras la celebración de su boda. En el número catorce, una adolescente está chateando con el que, posiblemente, será su entretenimiento para el próximo viernes. En la casa de enfrente, un perro está corriendo tras la pelota que su dueño le ha lanzado y, en la que está justo al lado, una madre está regañando a su hijo por no haber ordenado su habitación. En todas las casas hay movimiento; en todas hay acción; en todas, sus habitantes tienen algo que hacer. En todas, menos en la tuya. En esa jaula de ladrillo y pintura beige en la que tu cuerpo está encerrado pero tu mente se escapa por el hueco de la chimenea para poder volar libremente, la batalla eterna entre la vida y el tiempo ya tiene un claro vencedor. 

    En tu dormitorio reina la quietud, y la luz que entra por la ventana baña los muebles que una vez elegiste, pero que ahora no eres capaz de reconocerlos. El calor del sol en tu cara te invita a dormir pero, haciendo un esfuerzo, evitas hacerlo. Estás intranquila; no sabes qué ocurriría si cerraras los ojos en esa estancia que te resulta desconocida. Quieres abandonar el lugar, pero a la vez el miedo de la incertidumbre que te produce el no conocer el sitio impide que te muevas.

   —De acuerdo, haré todo lo que esté en mi mano. Muchas gracias, doctor —dice una voz masculina detrás de la puerta de la habitación en la que te encuentras. 

    Minutos más tarde, un señor con semblante serio la abre y se sienta en la cama en la que estás tumbada. Estás paralizada por el horror. No conoces a ese hombre y, desde hace un tiempo, desconfías de todas las personas. 

   —¿Qué tal estás? ¿Has podido descansar algo? —te pregunta mientras acaricia tu mano. Tus ojos expresan extrañeza, pero el tacto de su piel con la tuya te reconforta.   

    —He traído un viejo álbum de fotos. ¿Te apetece que lo veamos? —propone mientras se tumba a tu lado—. ¡Mira, esta fotografía es de tu boda! ¡Qué guapa ibas! Recuerdo que el abuelo siempre contaba que fuiste la novia más guapa que pisó la iglesia del pueblo. —Pasa la página del álbum—. Aquí estás con tus hermanos en el río; este es Pablo; el de al lado es Julio; la que está sobre la roca es tu hermana Sandra y esta chica con el pelo alborotado eres tú, Sara. —Observas la instantánea y tu cara refleja frustración al no reconocer ninguna de esas personas—. ¡Oh, mira esta otra! ¡Fue de aquel verano en que fuimos de vacaciones a Galicia! —La imagen muestra a un niño tomando un helado mientras su madre lo abraza—. ¡No he comido un helado tan grande en mi vida!  

    Fijas la mirada en el pequeño que está en la imagen, y tus ojos adquieren el brillo del barniz de unas tímidas lágrimas. Tu mente te hace recordar el olor a mar de aquella tarde, el sonido de las olas rompiendo contra las rocas y las risotadas de un niño cargadas de ilusión. Tus huesudos dedos se acercan a la fotografía y comienzas a acariciarla.

    —Daniel… —afirmas con duda—. Mi pequeño Daniel…

    —Tu pequeño Daniel está ahora contigo, mamá —dice tu hijo mientras te agarra la mano, y hace que tu dedo meñique seque la lágrima que se desliza por su mejilla.

Miras con extrañeza la cara de tu hijo y, tras unos segundos, eres capaz de reconocer ese rostro.

    —Tengo que cuidar de ti —aseveras. 

    —Mamá, ya lo has hecho durante muchos años. Ahora es el momento de que sea yo el que cuide de ti —afirma Daniel a la vez que te arropa entre sus brazos. 

    Y es que, aunque la mayoría de los vecinos de la Urbanización Compañía no sean conscientes de la rivalidad eterna entre el tiempo y la vida, en la acera de los números pares, hay una casa en la que estos adversarios han firmado una temporal tregua para que tu pasado pueda convertirse en tu presente por unos instantes.