Andrés García

El juicio de Schrödinger

El ambiente en la sala de juicio era intenso. Las gotas de sudor bajaban por el rostro del profesor Schrödinger mientras los murmullos en la sala iban en aumento. El caso había capturado la atención de toda la ciudad, de hecho, del mundo entero. ¿Cómo no hacerlo? Una esposa dentro de una casa sellada, y un marido acusado de asesinato. Pero había un giro: el famoso físico proclamaba que su esposa no estaba ni viva ni muerta. Ella estaba en un estado de superposición.

El fiscal estaba impaciente. “¡Esto es un absurdo!”, exclamó. “El Profesor Schrödinger ha encerrado a su esposa en una casa, totalmente aislada del exterior y espera que creamos que está simultáneamente viva y muerta”.

La sala resonó con sus palabras, y muchos asentían en acuerdo. Sin embargo, el defensor, con una expresión tranquila, se levantó y comenzó a hablar. “Señores, lo que mi cliente propone no es un juego ni una locura. Es una exploración profunda de la naturaleza de la realidad. La esposa de mi cliente eligió aislarse, y su aislamiento, se convirtió en un misterio para el mundo. Al estar oculta en esa casa, la Sra. Schrödinger está en un estado indeterminado hasta que sea observada”.

El juez, con el ceño fruncido, se inclinó hacia adelante. “Esto es un juicio por asesinato, no una clase de física cuántica”.

El defensor asintió. “Entiendo, su señoría. Pero permítame explicar la paradoja. Si usted decide abrir la casa para verificar el estado de la Sra. Schrödinger y ella está viva, no solo habrá absuelto a mi cliente de cualquier delito, sino que usted habrá interferido en el deseo de ella de aislarse del mundo. Pero si está muerta, ¿no puede ser que al menos hubiera tenido una posibilidad del 50% de estar viva antes de que decidiera observarla? En otras palabras, su decisión de abrir la casa determinaría su estado final”.

El juez se acomodó en su silla, visiblemente inquieto. “Así que, ¿me estás diciendo que la verdad depende de si decido abrir o no la casa?”.

El defensor asintió, “Exactamente, su señoría. Es la naturaleza del universo. Lo que decidamos observar altera la realidad de lo que encontramos”.

La sala cayó en un profundo silencio. Los presentes intercambiaban miradas de incredulidad y confusión. Algunos se sentían asombrados por el audaz argumento del defensor, mientras que otros murmuraban que era un truco para salvar al acusado.

El juez tomó un profundo respiro, sintiendo el peso de su decisión. «Si decreto no abrir la casa, nunca sabremos la verdad, pero si lo hago, estoy tomando parte activa en determinar la realidad de la señora Schrödinger. Estoy atado de manos».

El fiscal intervino, «No podemos dejar que este hombre se salga con la suya con semejante argumento. Exijo que se abra la casa».

El juez, tras unos minutos que parecieron eternos, tomó su decisión. “No la abriré. Este juicio se suspende hasta nueva evidencia”. 

El Profesor Schrödinger, con lágrimas en los ojos, regresó a la casa sellada. Conocía lo que nadie más conocía.

Diez años después cuando el Profesor Schrödinger murió, la Suprema Corte ordenó abrir la casa. Un Actuario y una decena de agentes ministeriales, acudieron el 12 agosto para allanarla. Al tocar la puerta y no haber respuesta, usaron las hachas y la tumbaron.

Entraron.

“Señor actuario, por favor suba pronto” gritó un agente.

 El actuario, con su corazón latiendo aceleradamente, ascendió por las escaleras de madera. Al llegar, encontró al agente parado frente a una habitación. La puerta estaba entreabierta, dejando ver una luz que provenía del interior. El actuario se acercó y la abrió completamente.

Solo, había una caja.

 Se miraron, conscientes del significado. Con una pausa que pareció una eternidad, el actuario se acercó y la abrió.

Dentro de la caja no había rastro de la Sra. Schrödinger. En su lugar, encontraron una carta del profesor. El actuario la tomó y comenzó a leer en voz alta:

«La realidad que buscan no está en esta caja. La decisión fue mía y solo mía. Lo que haya ocurrido con mi esposa fue mi realidad. La verdadera pregunta no es si está viva o muerta, sino si pueden vivir con la incertidumbre de no saberlo.»