El cigarro mata

Uriel Arechiga

Dicen que el cigarro mata…

 

Probablemente, pero muchas otras cosas también lo pueden hacer, como la fuga de gas que hubo el otro día en el edificio donde trabajo. No recuerdo bien qué estaba haciendo pero, si les digo que estaba escribiendo correos, casi seguro no les miento. En eso estaba cuando me llegó un olor nauseabundo, muy intenso. Casi al mismo tiempo, la alarma comenzó a zumbar. Todo el mundo estaba gritando…

Me tomó mi tiempo cerrar de golpe mi laptop y salir con esta. Si no la llevaba, perdería todo mi trabajo. Para colmo, estaba en el cuarto piso de este desvencijado edificio; las escaleras ya estaban abarrotadas; podía ver cómo la chaparrita del área de Ingeniería, que era más fuerte, empujaba para abrirse paso.

Mientras nos ordenábamos para bajar, doña Francis dijo detrás de mí:

—Dios mío, estamos listos, ¡acoge nuestras almas! —dijo eso, o algo por el estilo.

Entonces me pregunto: “¿Nuestras?, ¿las de quiénes?, ¿la mía también?”. Entonces sí empujaba más fuerte que la chaparrita. Por fin logré salir a la calle, donde estaban casi todos. Ya tranquilo por haberme librado, me puse a observar las reacciones de mis compañeros: las había de todo tipo:

—Las becarias que me crispaban los nervios. Todo el tiempo se estaban riendo; lo seguían haciendo, pero ahora en un tono histérico.

—Esteban (o lord Godín, como le decíamos) reflexionaba sobre la fragilidad de la vida.

—La secre del jefazo lloraba histéricamente pensando en qué le hubiera pasado a su hijo si se quedaba solo con el inútil de su padre (la criaturita tenía veintidós años).

De esta manera, fui recorriendo los distintos grupitos, tratando de exorcizar las tremendas ganas de fumar que me habían dado y de callar a esa vocecita interna que me decía: “¡Ándale! Nomás uno para el pinche susto”. Pero me aguanté porque, en la última consulta, el doctor me había dicho que, si seguía fumando, me iba a morir.

En fin, un ratote pasó hasta que el personal de seguridad nos dijo que ya podíamos ingresar al edificio. Ahí fue toda la peregrinación de oficinistas para adentro…

Mejor me esperaba a que entrara toda la bola mientras se liberaban los elevadores. Vi de reojo a Xochitl, poseedora de un lugar fijo para fumar todos los días, y me dije: “Chiqui su maquis”. 

“Xo, ¿tienes un cigarrito que me regales?”, le pregunté.

Lo prendí con manos temblorosas, riéndome. Yo, que me creía muy dueño de la situación, ahora tenía pulso de maraquero.

 Le di una profunda fumada, una segunda. Andaba por la tercera cuando la onda expansiva del edificio que explotaba me arrancó el cigarrillo de la boca tirándome de sentón…

Total, no sé. Puede ser que el tabaco me haya salvado la vida en esta ocasión, pero también podrían ser ciertos los rumores acerca del jefazo fumando a escondidas en su oficina, y en ese caso, sí, el cigarro mata.