Confesiones de un preso cualquiera

Lucía Sánchez Abella

Me llamo Juan José Pérez Dacuña y tengo 40 tacos. Reconozco que mis canas están aflorando cada día un poco más por todo mi cabezón de pelo negro y alrededor de mis ojos comienzan a aparecer esas típicas arrugas. Soy alto, atlético y me gusta llevar la barba bien poblada. Me hincho a hacer curl de bíceps y press de banca en el patio para que me vean fuerte e intentar amedrentar a las novias. Vamos, que tal y como me he descrito soy un partidazo pero, sinceramente, la cárcel empieza a cascarme. Antes era guapo, pero de hace un tiempo para aquí ya no me siento así. Llevo aquí trece años y aún me quedan unos cuantos. Aquí aprendí lo que es la vida, la vida real. Esa vida en la que tu colega, o el que tú crees que es tu colega, te mete una puñalada por la espalda, en sentido literal, y si no es por la espalda es en una pierna, en un brazo o en el mismísimo hueco que Dios nos dio que es en donde tenemos el hígado y solo porque ese día se levantó con el pie izquierdo. ¡Bah! Ya estoy más que acostumbrado. Las puñaladas son el pan de cada día en esta caja de cerillas. ¿Que por qué estoy aquí si parece que soy un tío normal? Lo reconozco: he matado a un hombre. Sí, el hijo de puta merecía morir y no fue para menos cuando me arrebató a mi primer amor. Te pongo en situación para que empatices conmigo:

 

Por aquel entonces yo tenía 27 años. Estaba en lo más alto de la vida: había sacado unas oposiciones hacía poco tiempo, tenía un buen coche, un perro y estaba en la caja de ahorros a punto de dar la entrada para un piso. Me acompañaba mi maravillosa y el primer gran amor de mi vida desde los 16 años, mi difunta esposa, Carla. Cuando salimos del banco, fuimos caminando hacia nuestro futuro apartamento. Íbamos pensando en follar como salvajes hasta quedarnos secos para celebrar nuestra magnífica compra. Cualquiera lo haría, ¿no? En esto que, un señor, de unos 45 o 50 años nos pidió dinero. Carla se acojonó un poco pues el susodicho tenía pinta de yonqui y parecía que se había metido en su cuerpo enclenque la droga de todo un mes. Le dijimos con buenos modales que no llevábamos suelto y que lo sentíamos mucho. Seguimos caminando pensando que nos habíamos deshecho de él pero no fue así. Supe que nos estaba siguiendo porque miré de reojo hacia atrás y justo en ese momento le arrancó el bolso a Carla y, por si no fuera poco, le clavó una navaja en el costado. Yo no sabía la segunda parte porque me hubiera quedado con ella antes de salir corriendo como un poseso detrás de ese ser inmundo. Tuve suerte de que el sujeto era muy patoso y le alcancé a la vuelta de la esquina haciéndole un buen placaje. Forcejeamos en el suelo sin perder de vista una de sus manos, pues vi que tenía una navaja e hice todo lo posible para sacársela. Ni de lejos me hubiese imaginado que le hubiese hecho algo a Carla. Después de un par de puñetazos, finalmente se la saqué. No es que me crea un especialista de las artes marciales, pero el tío era muy torpe. Una vez con el bolso y la navaja en mi otra mano, volvimos tras nuestros pasos hasta donde había quedado Carla porque a mí se me iba la pinza muy fácilmente cuando tocaban a mi mujer y quería que volviese conmigo para que le pidiese disculpas. Cuando llegamos y la vi allí tumbada en medio de la acera, cubierta de sangre y alrededor de varias personas, se me cayó el alma al suelo. Miré al tío que lo tenía agarrado por el pescuezo y este me miró sonriendo. Ahí fue mi perdición: le di semejante paliza que le quedó la cara desfigurada. Luego, cogí del suelo su navaja y le atesté doce puñaladas en todo el pecho más el abdomen. Hice de él un colador. ¡Hijo de puta! Hacerle eso a mi Carla…