Olvido Lorente

Balada en una tarde de nieve

¿Qué ocurre cuando las neuronas se quedan vacías? Qué encuentras en algo “no existente”, en aquello que la filosofía designa como la “Nada”.

Es curioso porque la palabra “nada” es polisémica, también puede ser una forma verbal del infinitivo “nadar”.

Entonces, ¿las neuronas saben nadar? Es decir, cuando se encuentran en un vacío, ¿deben navegar hacia un punto? ¿Cuál? 

¿Cómo encontrar el eslabón de la existencia con la inexistencia?

Los médicos especialistas habían comentado que a causa de un accidente de tráfico me encontraba en esa situación. Y, a la vez, descubría a personas que decían que eran mi familia: un joven que se identificaba como mi esposo, me enseñaba la alianza con mi nombre; unas personas mayores llorosas que se catalogaban como mis padres; y un sinfín de nomenclaturas que resbalaban en mi mente. Todo me llevaba a la “nada”. Primera palabra que había descubierto después de llevar un mes inconsciente. 

Había regresado a la vida, pero ¿quién era yo y toda la gente que me rodeaba y me asfixiaba? ¿Me debía sentir satisfecha por “renacer”? ¿Cómo volvería a renacer sin tener una historia a la que agarrarme?  Mis esfuerzos serían nulos y terminaría ahogada en la “nada”.

Había despertado de mi prolongado letargo y debía volver a mi casa. Recomendaron que allí podría recuperar la memoria. ¿Se acabaría la nada? 

En la vivienda empecé a visitar sus estancias. Me paré en las fotografías del aparador: día de “mi boda”, en otros lugares con quien decía que era mi compañero… Cuando llegué a un cuarto infantil, el corazón se detuvo, como si pensara, como si fuera mi salvavidas en un mar donde las olas azotaban a mis neuronas que, cansadas de tantos vaivenes, habían decidido no seguir “nadando” hacia ningún sitio. 

Pero, ¿cómo empezar de nuevo? Me dieron una tarjeta de un especialista, ponía neuropsicólogo. Mi primer eslabón para comprender el enigma de mi existencia. El primer consejo fue cómo rellenar las neuronas vacías. Tarea ardua porque el golpe recibido en la cabeza durante el accidente de tráfico las había dejado inutilizadas. Habría que buscar otras nuevas, jóvenes y enseñarles como a “un niño que comienza a vivir”. Palabras del caballero de pelo rizado, gafas transparentes y pecoso. No sé por qué me fijé en ese detalle entre tanta palabra que volaba por la habitación sin llegar a su destino: mi mente. 

Al regresar a casa, después de mi primera visita, llegaron nuevos individuos que todavía no había visto. Dos criaturas infantiles que, al verme, se abrazaron a mí con gran entusiasmo y me llamaron “mamá”, después me llevaron a aquella habitación donde mi corazón se había detenido y sacaron de un armario una guitarra. Me invitaron a sentarme en una mecedora situada en una esquina del dormitorio, ellos se sentaron en la alfombra con dibujos de coches y me pidieron que les cantara “la balada de la guitarra”, la canción que escribí en exclusiva para “los niños de pelo rizado y pecosos que habían conquistado mi corazón”. 

Aquellas palabras activaron la adrenalina del cerebro y conquistaron a las nuevas neuronas. Mandó que mis manos cogieran aquel artefacto desconocido en mi nueva etapa, rasgara unos hilos sujetos que salían de un camino largo para terminar en un el extremo abultado pasando por un vacío, la nada, y saliera un sonido que invitó a mis cuerdas vocales a entonar lo que se llama canción: “Balada en una tarde de nieve”. Era una guitarra con un dibujo, un paisaje por el que antes solía pasear:  el campo que rodea mi casa y me inspiraba para crear mis melodías, mis cuadros y a mis bebés. Doce meses había tardado en realizarlo y lo terminé cuando llegaron ellos a mi vida. Igual que en aquel instante que lograron que mi corazón latiera cuando llegaron a la vida, ahora con ellos renací.