Thelma Moore

Ambición ciega

Estaba a punto de cerrar la oficina notarial cuando de súbito empujaron la puerta y casi cayó de espaldas.  Entraron dos guaruras enormes y luego un hombre que le pareció conocido.  

Trató de no dar a conocer su temor y con voz solícita preguntó.

—¿Qué se les ofrece señores? ¿Cómo los puedo ayudar?

—Requiero de una certificación notarial sobre mis antecedentes.  —Contestó el hombre con voz de mando.

En ese momento Casimiro se percató de que estaba hablando con el licenciado Emilio Tramas Timos, futuro candidato a la presidencia del país.

—Mi jefe no se encuentra, por otra parte lo  que solicita requiere de tiempo porque es necesario realizar una investigación sobre su persona.

—Eso ya lo sé, pero le venía a pedir a su jefe, mi amigo,  el favor de expedir el documento en este momento  porque dentro de una hora se vencerá el plazo para registrarme como candidato a la presidencia. ¿Y usted es…?

—Soy el licenciado Casimiro Servil.

Mientras lo decía, al cerebro de Casimiro arribaban muchos razonamientos: “Me está pidiendo que viole la ley, si me niego me va a ir mal con mi jefe y con estos orangutanes quienes tal vez me propinen una golpiza, y finalmente lo terminaré por hacer. Quizá hasta pierda el trabajo. Por otro lado, en el mejor de los casos yo obtenga algún beneficio personal.”  

Como si no pasara nada, Casimiro le contestó con voz oficiosa.

—Usted sabe lo que esto implica; sin embargo elaboraré el documento solicitado en vista de la importancia que reviste para usted y para mi querido país que deseo quede en buenas manos, como las suyas.

Una amplia sonrisa iluminó el rostro del licenciado Tramas.

—Le aseguro que se lo recompensaré de alguna forma, por lo pronto tome esta muestra de aprecio.

Los ojos de Casimiro, muy a pesar suyo, se abrieron al ver el fajo de billetes.  Apresurado, sacó un machote de su escritorio y lo colocó en la impresora.  Le preguntó los datos al futuro candidato, tecleó también que estaba limpio de antecedentes.  Una vez listo el documento, le estampó el sello de la Notaría y se lo entregó al licenciado Tramas.  Todo ello no le tomó más de cuarto de hora.

—Muchas gracias, licenciado Servil, le ha hecho un gran favor a su país, y  el país sabrá agradecerle. —Le comentó con voz prometedora.

El candidato, una vez obtenido el documento, se dio la media vuelta y se retiró rodeado por sus escoltas.  Casimiro se dejó caer en un viejo sillón del área de recepción, pues había salido corriendo detrás de la comitiva, cuyos integrantes ni siquiera voltearon para contestarle su despedida de: “buenas noches, licenciado Tramas, le deseo buena…”.  Ya no completó la frase al notar que lo habían dejado con la palabra en la boca.

Los siguientes meses, Casimiro no vivía más que para seguir las noticias sobre la política y las estadísticas de las encuestas.  Brincó de gusto al saber del triunfo de su candidato.  Ese fin de semana fue al centro comercial más lujoso y se compró dos trajes con el dinero del soborno que había guardado con gran celo para la ocasión.

En su mente calenturienta se imaginaba que iban a ir por él en una enorme camioneta negra y ante el asombro de todos y de su jefe, lo iban a llevar a la presidencia. Pasaron tres meses en los cuales día tras día le brincaba el corazón cuando alguien trajeado y poderoso entraba a la Notaría. Asimismo, cada tarde salía desilusionado y arrastrando los pies.

Ya casi habían muerto sus expectativas cuando sucedió el milagro. Entraron dos señores muy bien presentados y lo hicieron llamar de parte de la presidencia.  Como en sueños, tomó sus pertenencias y se alejó de la oficina sin despedirse del jefe, ni de nadie,  henchido de orgullo al sentir los ojos de los compañeros fijos en él.

Llegaron al edificio presidencial, le consiguieron un gafete de identificación; le presentaron un contrato de trabajo que firmó apresuradamente.

Lo llevaron junto a la oficina del auxiliar del secretario particular del presidente: una mesa pequeña en donde había un letrero que decía; “RECEPCIÓN DE DOCUMENTOS”.