Estás dormida sobre la cama tendida. No te has quitado ni siquiera los zapatos. ¿Por qué no estoy a tu lado? Todo me parece algo confuso, aunque no me parece importante, en realidad. Siento que he pasado mucho tiempo lejos de ti, lejos de todo.
Recuerdo… Si eso, recuerdo el hospital. Tu mano y mi mano. Nuestras conversaciones; tuvimos tiempo de recordar enteras nuestras vidas. Luego, solo tu voz en la oscuridad. Y tanto dolor. Tanto, tanto dolor. Pero eso ya no importa. Ahora el dolor se ha ido y estoy aquí, a tu lado. Me siento tan ligero y descansado que me cuesta recordar ese dolor como mío; me parece tan distante.
Me recuesto junto a ti. Mi cara casi roza la tuya; nuestros alientos son ahora uno solo. No quiero despertarte, te ves tan cansada. Paso mi mano lo más cerca que puedo de tu pelo, de tu mejilla, sin rozarlos. Pero ahora ya no por temor a despertarte, sino por temor a confirmar lo que creo saber. Beso el espacio sobre tus párpados cerrados, tus ojeras de días, de semanas… Descansa, solo descansa.
Suena tu teléfono sobre el buró. Quiero silenciarlo, no puedo. Te has sobresaltado y te has incorporado de golpe. Miras la pantalla, tu pulgar a milímetros del botón verde. No contestes. Por favor.
Tu semblante me aterra. Tu mirada perdida, tu delgadez y tu color… Solo quiero pedirte perdón. Perdón por hacerte pasar por esto. En el hospital no dejaba de insistir en que comieras, en que descansaras. Claramente no lo hacías y yo no pude cerciorarme de que lo hicieras, no pude cuidarte. Perdóname.
Ring. Ring.
Suena de nuevo. Declinas y apagas el teléfono. Sabes lo que te van a decir. Lo sabes y lo sé yo también. No lo necesitas oír.
Caes de rodillas al piso; tu llanto me llena de impotencia. Tu frente sobre los mosaicos, un camino de lágrimas avanza por las juntas. Estoy junto a ti, te cubro con mi cuerpo, te acaricio la espalda, te beso el pelo.
Te incorporas, tomas el bolso. No te vayas, no vayas, por favor. No quiero que te enfrentes a ello; al fin y al cabo, no hace falta. Estoy aquí. He vuelto.
Sales de la habitación. Escucho tus pasos alejarse en el pasillo y bajar las escaleras y, al final, la puerta.
Lo comprendo. Es algo que debes enfrentar. Crees que vas por mí. Crees que vas a despedirte de mí. No he podido hacerte saber que yo no estoy ahí. Que lo que encontrarás allá es ya solo un cuerpo. Un cuerpo que fue mi libertad y mi prisión.
Ve y despídelo. Despídelo por los dos. Y, de paso, antes de decirle adiós, dale las gracias. Gracias por cada día, por cada minuto y por cada memoria que nos permitió construir. Y, cuando termines, vuelve. Vuelve, que yo, por fin, he vuelto a casa y aquí te estaré esperando. Trataré de encender la chimenea, de prepararte el té y de tener tus pantuflas listas al pie del sillón. He vuelto a casa y de aquí ya no pienso salir.






