Señorita Marple

Enrique Gómez

Como cualquier otra mañana de sábado, el reverendo Clement se disponía a visitar a las feligresas más devotas de su parroquia en Saint Mary Mead, debatir con ellas los temas más candentes en la pequeña comunidad y preparar así los puntos a tratar en su sermón del domingo. 

A las diez de la mañana, el reverendo abandonaba la vicaría por su puerta trasera. Nada más salir al jardín, le sorprendió ver un bulto de color rojo junto a la puertecilla que da a la calle: entre los macizos de peonías y tulipanes recién florecidos, había un objeto de tamaño mediano y forma cilíndrica. Al aproximarse, el reverendo Clement descubrió que se trataba de una sombrerera. Alguien había tenido que pasar por la pequeña puerta, siempre abierta, y dejar el paquete en el suelo.

*

Cuando la señorita Marple llegó a la vicaría, ya estaban allí el Dr. Haydock y el Inspector Slack. En un extremo de la sala, el vicario y su mujer, la encantadora Griselda, yacían en el sofá con aspecto aturdido. Ambos se levantaron al verla entrar y fueron hacia ella sin despejar la turbación de sus miradas. Griselda se abrazó a la anciana en silencio y comenzó a llorar desconsolada.

—Supuse que algo terrible habría sucedido cuando vi que el reverendo faltaba a su cita semanal. He venido tan rápido como me lo han permitido mis viejas piernas. ⎯Marple, sin dejar de abrazar a la joven, dirigió su mirada hacia los otros dos hombres.

Slack y Haydock permanecían ajenos a la escena, absortos en el interior de la sombrerera. Marple se deshizo con suavidad del abrazo de Griselda y se aproximó a la mesa donde estaba situada la caja. El inspector Slack no podía ocultar su disgusto ante aquella visita impertinente. El médico, sin embargo, la invitó a acercarse.

—Denos su opinión, señorita Marple ⎯Haydock se hizo a un lado y dejó la caja visible para la recién llegada.

Los ojillos sagaces de la señorita Marple emitieron un brillo eléctrico al descubrir el contenido de la sombrerera: perfectamente acoplada en ella, había una cabeza exageradamente redonda, con una calva brillante y un bigote tan prominente que se podía distinguir con claridad incluso desde esta perspectiva cenital.

*

Cuando el coronel Lucius Protheroe, juez de paz de Saint Mary Mead, irrumpió en la sala aneja a la consulta del Dr. Haydock, halló a este absorto en el estudio del cuello seccionado.

⎯No cabe duda de que se trata de un hachazo, coronel —expuso el médico sin siquiera aguardar al saludo del otro.

El azoramiento de los dos hombres era evidente.

—Acaba de llegar de Londres el análisis facial de la víctima, doctor. Sin lugar a duda se trata de la cabeza del prestigioso Hércules Poirot. La noticia ha causado tal revuelo que el mismísimo Sir Henry Clithering, de Scotland Yard, está en camino. Mientras tanto, se nos indica que actuemos con total reserva y mantengamos el hallazgo en secreto.

—¡Buenos días, caballeros! ⎯La vocecilla delicada de Jane Marple interrumpió la conversación—. Me preguntaba si habría alguna novedad sobre la muerte del desdichado Poirot. No he podido evitar oír lo que decían. Es espantoso, ¿no creen?

*

Durante el té de los martes, en casa de la señorita Marple, no hubo otro tema que el de Poirot y su malograda cabeza. La conversación alternaba entre la fama de excéntrico del famoso investigador y su trágico e inquietante final. A excepción de la anfitriona, todas las asistentes mostraban su ansiedad. ¿Qué razón habría para que tan insigne detective acabase sus días en un pequeño pueblo de la campiña? ¿Sería esto el presagio de algún otro horrible crimen?

Marple, que atendía cortésmente a sus invitadas, se dirigió a la cocina, apartó de la encimera un hacha de carnicero e hizo hueco para preparar unos sándwiches de pepino y mantequilla. A la vuelta se detuvo junto a la ventana para fisgar a través de los visillos. En ese momento, el señor Abbott cerraba la carnicería y escondía la llave, como siempre hacía, en el parterre de petunias.

—Jane, querida, qué bonito sombrero el que tienes sobre el aparador victoriano. Deberías guardarlo adecuadamente para evitar que se estropee —se oyó decir a la señora Bantry en ese momento.